NACIONALISMOS Y MINORIAS EN EUROPA

 

Indice


2.- Naciones y minorías en Europa: dimensiones del problema.
2.1.- La irrupción de las naciones en la vida internacional europea.
2.2.- Los sucesivos repartos de Europa en el siglo XX y el problema de las minorías.
2.3.- Cooperación y conflictos nacionales en la Europa de nuestros días.

2.2.- Los sucesivos repartos de Europa en el siglo XX y el problema de las minorías.

Pero si el final de la Primera Guerra Mundial abrió definitivamente en Europa el camino a la satisfacción de las aspiraciones nacionales irredentas, también impuso un nuevo reparto político-territorial en el continente, provocando así el violento afloramiento del problema de las minorías. A la formación de los Estados surgidos de la descomposición de Austria- Hungría y Turquía (Checoslovaquia; Hungría; Austria; Yugoslavia, Rumanía, Bulgaria, Grecia) vendría a sumarse la independencia de Polonia y el desmembramiento de los Estados bálticos y Finlandia del Imperio ruso, radicalmente trastocado por el triunfo de la Revolución bolchevique de 1917. En resumen, una redefinición general de los territorios y sociedades situados en el tercer y cuarto husos horarios de Gellner, que tendría como consecuencia directa oponer las aspiraciones nacionales con la protección de las minorías.

Esta oposición entre dos realidades a cual de ambas más injusta y, sobre todo, políticamente más amenazadora, explica la permanente inestabilidad que imperó en el seno de numerosos países europeos, así como los sucesivos intentos de alterar el reparto realizado al concluir la contienda mundial. Por ejemplo, en el territorio del nuevo Estado polaco habitaban, en 1919, 100.000 lituanos, un millón de alemanes, 1'5 millones de rutenos, 4 millones de ucranianos y 3 millones de judíos.

No resulta sorprendente que los alemanes, bajo el régimen nazi, reclamasen la anexión de los Sudetes, el "Anschluss"" (unión) con Austria o la cesión de Prusia Oriental y de la ciudad de Dantzig (Gdansk en polaco), que los turcos recuperaran la Tracia oriental (Adrianópolis) tras la guerra greco-turca de 1920-1922, que los italianos obtuvieran de Yugoslavia parte de la costa Adriática por el Tratado de Rapallo de 1920 y se anexionaran las islas del dodecaneso en la Conferencia de Lausana (1923) o que los soviéticos aspirasen a Finlandia, los países bálticos, la parte oriental de Polonia o la Besarabia. En todos estos casos las motivaciones o, al menos, las justificaciones fueron siempre o bien la reunificación nacional o bien la protección de las minorías nacionales existentes en otros Estados. Con el Tratado de Munich (1938) por el que se reconocía la anexión alemana de los Sudetes checoslovacos, se abandonaron definitivamente las limitaciones impuestas en los principios wilsonianos y se facilitó la conclusión del Pacto de No Agresión germanosoviético o Pacto Ribbentrop-Molotov de 1939, en cuyo Protocolo secreto Alemania y la URSS realizaban un nuevo reparto de Europa.

La Segunda Guerra Mundial consagró este reparto en lo que a la parte soviética se refiere, pero no así en las anexiones alemanas. Por el contrario, el triunfo de los aliados y la penetración del Ejército soviético en los países de Europa Central y Oriental, salvo en Yugoslavia, cuya presencia fue simbólica, y Grecia, dio paso a un tercer reparto, en el que el principal país perjudicado fue Alemania, que quedó dividida en dos Estados, simbolizando la realidad en iba a quedar sumida Europa en las siguientes cuatro décadas. En efecto, la división del continente europeo, y de gran parte del resto del mundo, en dos bloques política, militar e ideológicamente antagónicos, constituyó el último gran reparto europeo y, por tanto, el antecedente inmediato de la realidad actual. La "guerra fría" y la formación de los bloques occidental y soviético, tuvieron como consecuencia inmediata el sacrificio internacional de las aspiraciones nacionales y la protección de las minorías en el continente europeo. (21)

Puesto que cualquier crisis política interior o cualquier conflicto que afectase a las relaciones entre los Estados de un mismo bloque propiciaría la expansión del bloque y superpotencia antagónicos, toda aspiración nacional y toda reclamación de las minorías quedó supeditada a los intereses de la seguridad de los Estados pertenecientes a un mismo bloque. Ello fue así tanto en la Europa occidental como en los países del bloque soviético, aunque en el primero la existencia de regímenes democráticos hizo más aceptable esta supeditación.

En resumen, la política de bloques no sólo no resolvió la cuestión de las reclamaciones nacionales o de la protección de las minorías, sino que al reprimirlas durante casi medio siglo propició la aparición, radical y violenta, de nuevos movimientos nacionalistas que brotaron en el mismo momento en que se produjo la desintegración del bloque soviético.

 

 

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