NACIONALISMOS Y MINORIAS EN EUROPA

 

Indice


2.- Naciones y minorías en Europa: dimensiones del problema.
2.1.- La irrupción de las naciones en la vida internacional europea.
2.2.- Los sucesivos repartos de Europa en el siglo XX y el problema de las minorías.
2.3.- Cooperación y conflictos nacionales en la Europa de nuestros días.

2.- Naciones y minorías en Europa: dimensiones del problema.

Cuando contemplamos el panorama que presenta la Europa de fin de siglo, uno de los aspectos más llamativos es la violenta irrupción de los nacionalismos y la gravedad del problema de las minorías. Sin duda ambas factores constituyen serias amenazas para la paz y la seguridad europeas y constantes fuentes de incertidumbres y crisis.

Verdaderamente no se puede dar una explicación satisfactoria a la interrogante de ¿ cómo se ha llegado a esta situación? sin revisar la trayectoria de los movimientos nacionales desde el siglo pasado y, al mismo tiempo, considerar las soluciones que se han aportado desde el ámbito internacional para encauzar las reivindicaciones nacionales en el marco de unas relaciones pacíficas.

2.1.- La irrupción de las naciones en la vida internacional europea.

Los sucesivos acuerdos realizados en el seno del Concierto Europeo de Grandes Potencias, desde el congreso de Viena de 1815 hasta el Congreso de Berlín de 1878 intentaron conjugar el mantenimiento de los grandes imperios europeos, bajo regímenes monárquicos, con el empuje de los movimientos nacionales y las aspiraciones democratizadoras de las pujantes burguesías, primero, y de los incipientes movimientos obreros más tarde.

Fruto del acuerdo entre ambas tendencias históricas fue la aparición del principio de las nacionalidades, que vino a sumarse al plebiscito como instrumento de expresión máxima de la voluntad política nacional. Sin embargo, en el siglo pasado este principio no entrañaba obligatoriamente el derecho a la autodeterminación. Básicamente consistía en el reconocimiento de la existencia de ciertas naciones y la posibilidad de consultar su voluntad de adscripción a un Estado mediante plebiscito o de reconocer su representación política en las instituciones del Estado al que pertenecían. Suele afirmarse que fue Napoleón III el primer monarca europeo que defendió el principio de las nacionalidades en relación con la unificación italiana. (19)

Sea como fuere, lo cierto es que el principio de las nacionalidades actuó unas veces como instrumento de legalización internacional de procesos políticos consumados, casos de Italia o Alemania, y en otras ocasiones se impuso en beneficio del orden internacional impuesto por las grandes potencias europeas y en contra de los intereses políticos de las colectividades nacionales y del resto de Estados.

Un ejemplo de esta segunda modalidad de aplicación del principio lo constituyó la reordenación política que se realiza en los Balcanes en el Congreso de Berlín de 1878 que pone fin a la guerra ruso-turca.

En este caso el principio de las nacionalidades facilitó la independencia de Rumanía, Serbia y Montenegro, a Bulgaria se le concedió una autonomía política del Imperio Otomano, aunque formalmente siguió siendo tributaria de éste y tuvo que cederle parte de Macedonia. Por su parte Rusia se anexionó Besarabia y Armenia, otro tanto hizo Inglaterra con Chipre, mientras que Austria se atribuyó la administración de Bosnia-Herzegovina.

El constante cambio de fronteras estatales y los movimientos de población que se realizaron durante todo el siglo XIX, no sólo complicó el futuro político del continente europeo sino que potenció el desarrollo de movimientos nacionalistas radicales y suscitó ya el problema de las minorías. Esta última cuestión apareció ya recogida, en relación con las minorías cristianas existentes en el Imperio turco, en la Paz de París de 1856 que puso fin a la Guerra de Crimea.

Pero la verdadera revisión del principio de las nacionalidades se produjo al concluir la Primera Guerra Mundial. En la declaración que realizó el Presidente norteamericano Woodrow Wilson, en su Mensaje a la Nación del 8 de Enero de 1918, y que inspiraría el Tratado de Paz de Versalles, formulaba en su punto Xº un expreso reconocimiento del derecho a la autonomía política de los "pueblos" pertenecientes al Imperio austro-húngaro. Más explícita y genérica fue la formulación realizada en la Propuesta Complementaria a sus Catorce Puntos, que realizó en su discurso del 12 de Febrero de ese mismo año. En efecto, la 4ª propuesta complementaria afirmaba: " Todas las aspiraciones nacionales bien definidas deberán recibir la más completa satisfacción que pueda concedérseles sin introducir nuevos o perpetuar antiguos elementos de discordia o antagonismo, susceptibles, con el tiempo, de romper la paz de Europa y, por consiguiente del mundo." (20)

Como podemos apreciar, este texto reconoce abiertamente la aplicación general del principio de las nacionalidades sin más restricciones que las que se derivan de la propia constatación de la existencia nacional y del riesgo que entrañe para la paz del orden internacional, europeo y mundial. Las grandes potencias europeas ya no son libres de decidir si aplican el principio o la forma y el momento en que lo aplican. Por el contrario, se convierten en garantes de su aplicación y de la responsabilidad de que la satisfacción de las aspiraciones nacionales sea compatible con el sistema de seguridad colectiva que el propio Wilson preconizó a través de la Sociedad de Naciones.

 

 

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