1.3.- Los nacionalismos: ¿ideologías
totalizadoras o totalitarias?.
El análisis del concepto de nación y de la tensión
dialéctica en sus relaciones con el Estado, nos facilitan
abordar el tema de los nacionalismos, precisamente uno de los dos
elementos esenciales, junto con el de las minorías, en el
título de esta conferencia. En efecto, convendría comenzar
por formular el significado que atribuimos al término nacionalismo
para poder precisar luego su alcance y efectos en la vida de las
naciones. Desde luego no hay que confundir el nacionalismo con la
existencia de una conciencia nacional o de un sentimiento nacional.
(12) En efecto, allí donde exista una nación, cada
uno de los individuos que la integran tendrá conciencia y
experimentará el sentimiento de pertenencia a esa colectividad
nacional. Precisamente por ello, esa conciencia y sentimiento nacionales
trascenderán la dimensión estrictamente individual
y se proyectarán de forma colectiva, alimentando el desarrollo
social de ambos y generando la conciencia nacional y el sentimiento
nacional. Resulta interesante destacar que ambos elementos forman
parte intrínseca del substrato cultural sobre el que descansa
la nación y que entre ellos existen poderosos vínculos
de reforzamiento mutuo. Así el sentimiento nacional, experimentado
a través de ciertas manifestaciones colectivas (celebración
del día nacional; exaltación de ciertos líderes
políticos o intelectuales; etc.) y proyectado en ciertos símbolos
(escudo, bandera, himno, folclore, etc.) representativos de la nación,
tiene como uno de los resultados directos el que cada individuo,
y el conjunto de todos los miembros de la nación, refuerce
su conciencia de pertenencia nacional. Análogamente, esta
conciencia de adscripción nacional propicia que cada actividad,
individual o colectiva, que se realiza como parte de la nación
adquiera un alcance un significado vivencial y una intensidad emocional
que de otro modo difícilmente poseería. (13)
Si me he detenido en señalar la diferencia entre ambos términos
con el del nacionalismo es precisamente porque éste instrumentaliza
la conciencia y el sentimiento nacionales con fines netamente políticos,
más exactamente con objeto de lograr la movilización
política de la nación. Veamos esta afirmación
con un poco más de detalle. El nacionalismo puede definirse
como "la ideología política que vincula o asocia
incondicionalmente la existencia de una nación con la de un
Estado independiente en cuyo seno el grupo nacional sea exclusivo
o, al menos, dominante." (14)
Como toda ideología política, el nacionalismo imbrica
en su discurso interpretaciones racionales y científicas de
la realidad con intereses políticos, creencias, valores y
aspiraciones colectivas, extraidas del sustrato cultural que sustenta
a la nación, pero cuya fundamentación resulta ser estrictamente
psicológica o subjetiva. Esta dimensión ideológica
del nacionalismo no entrañaría ninguna dificultad en
la vida política de los Estados distinta de la que suscitan
otras ideologías políticas (socialismo; liberalismo;
federalismo; etc.).
El problema surge cuando analizamos el contenido
de la ideología
nacionalista. En efecto, para que esta ideología sea movilizadora
en términos políticos, no sólo debe defender
la identidad entre una nación y un Estado propio en donde
aquella domine los resortes del poder pollítico, económica
y cultural, además debe también alegar la discriminación,
tanto interna como exterior, de toda colectividad que no pertenezca
a la nación, así como la permanente oposición
política, incluso con el empleo de la fuerza, frente al Estado
en el que se encuentra inserta la nación y frente a los restantes
grupos sociales con los que coexiste, alegando para ello una supuesta
o real amenaza cultural que precariza la propia supervivencia nacional.
En otras palabras, el nacionalismo es una ideología política
desestabilizadora, interna e internacionalmente, porque aspira a
una homogeneidad política y cultural en función de
un único criterio: la adscripción a la nación. (15)
Naturalmente el nacionalismo utiliza la conciencia
y el sentimiento nacionales como poderosos instrumentos de movilización política,
al igual que utilizará cualquier otro componente básico
de la cultura nacional, como la historia, la lengua, las raíces étnicas,
la religión, el territorio o, llegado el caso, la propia estructura
del Estado si el movimiento nacionalista ha llegado al poder. (16) En
semejantes circunstancias surge la interrogante de si cabe la existencia
de naciones sin nacionalismos. Sin duda la respuesta debe ser positiva
salvo que o bien se interprete el término con una concepción
distinta de la enunciada o bien se admita la ineluctabilidad de los
enfrentamientos nacionalistas, al menos en un continente como Europa
en el que la simbiosis entre una pléyade de comunidades nacionales
se ha venido desarrollando históricamente desde hace dos siglos.
Es la existencia de los nacionalismos y no de
las naciones la que dificulta la solución política del problema de las
minorías en el seno de muchos Estados europeos. Allí donde
no existe un poderoso nacionalismo, por ej. en Portugal, en Alemania
o en Italia, o se encuentra limitado social y políticamente,
como ocurre en Francia respecto del nacionalismo vasco, bretón
o corso; en el Reino Unido, respecto del nacionalismo galés
o escocés, y en España, respecto del nacionalismo gallego,
catalán o vasco, es posible articular sistemas de organización
democrática del Estado, bien sea con fórmulas políticas
centralistas o federalistas, en los que cabe el reconocimiento y
una protección efectiva de los derechos de las minorías.
Por el contrario, en los países donde concurren fuertes
movimientos nacionalistas, como está ocurriendo en países
como Estonia, Letonia, Croacia; Serbia, Bosnia-Herzegovina, Rusia,
Moldavia, Eslovaquia, Macedonia, Hungría o Rumania, el conflicto
y la desestabilización del Estado constituyen factores permanentes
de la vida política interior y de las relaciones exteriores
con los Estados vecinos. En semejantes casos, los derechos de las
minorías se ven gravemente amenazados o lesionados y las oportunidades
de desarrollo de un verdadero sistema democrático de la organización
estatal resultan muy exiguas. (17)
En resumen, los nacionalismos, en tanto que
ideologías políticas
discriminatorias, llevan consigo el germen del totalitarismo. Que
este germen llegue a desarrollarse o permanezca latente, no depende
tanto del discurso nacionalista cuanto del contexto social, político
y cultural en el que se inserta la nación, en cuyo seno ha
emergido el brote nacionalista.
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