1.2.- La permanente tensión entre el Estado y la
nación.
Cuando se aborda la cuestión de las relaciones entre el
Estado y la nación hay que aceptar que tales relaciones se
han desarrollado históricamente en una permanente tensión
entre dos extremos, uno cooperativo, el otro conflictivo. Ello es
así porque ambos conceptos hacen referencia a dos dimensiones
distintas de una misma realidad social. Es decir, el Estado tiene
que ver con la dimensión política, más exactamente
de organización de las relaciones de poder en y entre sociedades,
en cambio la nación afecta a la dimensión histórico-cultural
de determinado tipo de sociedades, en otros términos, a las
relaciones de inserción comunicativa y existencial del individuo
en ciertos tipos de sociedades. Evidentemente, uno de los aspectos
básicos, pero no el único, que atañe a la inserción
y existencia del individuo en las sociedades industriales contemporáneas
es, precisamente, el que afecta a la política como substrato
del Estado. Como apunta GELLNER: "El principio nacionalista
de la organización social requiere, en efecto, la unión
de la política y la cultura: un Estado se convierte en protector
de una cultura y uno obtiene la ciudadanía en virtud de la
participación en una cultura ( y también cumpliendo
con su imagen prescrita) y no en virtud del linaje, residencia, propiedad
o cualquier otra cosa. El principio nacionalista es muy difícil
de satisfacer en condiciones de gran diversidad cultural (étnica),
donde se yuxtaponen pueblos de lenguajes muy distintos y donde la
cultura y el idioma son a menudo funciones no de la posición
en el mapa geográfico sino en el papel y el estrato social." (6)
Existe, pues, un marco de relaciones de cooperación, yo
diría que de connivencia, entre el Estado y la nación
en el que cada una de ambas realidades desempeñando las funciones
que le son propias se refuerzan mutuamente. La nación aporta
legitimidad al Estado y a los grupos políticamente dominantes,
al tiempo que cohesiona poderosamente su base social a través
de la integración cultural. El Estado aporta la base material
(territorio) y jurídica que protege y fomenta el núcleo
cultural de la nación, a la par que le facilita sus relaciones
con otras sociedades, dentro y fuera de las fronteras, permitiendo
con ello la perpetuación histórica de ésta.
Los ejemplos de Gran Bretaña, Francia, España o Portugal,
son exponentes históricos claros del modo en que la existencia
de poderosos Estados centralizados favorecieron la consolidación
de un sentimiento nacional (popular) esencial para la emergencia
de las respectivas naciones. Análogamente, se apeló a
la nación alemana o a la nación italiana, para movilizar
y legitimar políticamente los procesos de unificación
de ambos países sobre las ruinas de los numerosos Estados
precedentes. Como reconocería el propio Massimo d'Azeglio: "Hemos
hecho Italia, ahora tenemos que hacer a los italianos". (7)
Pero las relaciones entre la nación y el Estado pueden desenvolverse
en un contexto abiertamente conflictivo y, con frecuencia, ocurre
así. En primer lugar, la nación revolucionario - democrática,
por utilizar la terminología de HOBSBAWM, tal y como se manifestó en
Francia o en las colonias americanas, tuvo devastadores efectos sobre
los regímenes absolutistas de Francia, Inglaterra o España,
tal y como ocurriría a principios del presente siglo con los
imperios centrales de Austria - Hungría y Turquía.
En segundo término, los nacionalismos de la segunda mitad
del siglo XIX y todo el siglo actual, desencadenaron numerosos conflictos
y crisis de legitimidad política en toda Europa que, con demasiada
frecuencia, trataron de resolverse en los campos de batalla. En tercer
lugar, el conflicto entre el Estado y la nación ha surgido
siempre que la " supervivencia de la cultura propia de una nación
se ve amenazada directamente por la acción de otros grupos
sociales, nacionales o no, que monopolizan los órganos del
Estado o Estados en los que participa dicha nación". (8) GELLNER,
siguiendo las formulaciones generales de CARR, ha apuntado que la
predominante dimensión cooperativa o conflictiva en las relaciones
entre la nación y el Estado, hay que buscarlas en las diversas
circunstancias históricas, políticas, sociales y económicas
que concurrieron en las sociedades europeas en el momento de formación
de las naciones. De acuerdo con esta interpretación, Europa
cabe dividirla en cuatro regiones, a las que denomina metafóricamente
con la expresión "husos horarios" en inequívoca
alusión a la analogía tiempo - historia.
El primer huso horario los constituyen países de la vertiente
atlántica, como Inglaterra, Francia, España o Portugal.
Una región en cuyos países existían áreas
lingüísticas y culturales predominantes, cuyo desarrollo
se propició por los Estados absolutistas y fuertemente centralizados,
sobre todo a partir del siglo XVIII. Se trataba de países
que mostraron un escaso o débil nacionalismo etnográfico,
entendiendo como tal "el estudio, codificación e idealización
de culturas campesinas con objeto de fraguar una nueva cultura nacional". (9)
El segundo huso horario corresponde, en términos generales,
al área del Sacro imperio Romano, es decir a lo que durante
el siglo pasado pasarían a constituirse como Alemania e Italia.
Según GELLNER, esta región poseía ya una "Alta
Cultura", a la que define como " una cultura estandarizada
transmitida por educadores profesionales de acuerdo con normas codificadas
bastante rígidas y con ayuda de la alfabetización,
en oposición a una " baja Cultura" transmitida sin
educación formal en el transcurso de otras actividades vitales,
en general sin especificar". (10)
Ello facilitó que las naciones se consagrasen en su existencia
a partir de lograr la articulación en un solo Estado de la
mayor parte de los territorios que aglutinaban a las colectividades
que compartían alguna de ambas unidades lingüístico-culturales
(germana o italiana).
La tercera región o huso horario, que se correspondería,
en general, con los países centroeuropeos y balcánicos,
se caracterizaba por carecer de una "Alta Cultura" bien
definida y por unas estructuras estatales sólidas, centralizadas
y bien organizadas. Los decadentes imperios austríaco o turco,
no pasaban de ser, a mediados del siglo pasado, unos viejos armazones
institucionales destinados a mantener artificialmente las correspondientes
monarquías absolutistas. Desde el punto de vista lingüístico, étnico
y cultural, estos imperios aglutinaban una pléyade de pueblos
y grupos cuyas diferencias eran tan abismales que no podían
por menos que fragmentar el sustrato social y político sobre
el que se asentaban. (11)
En esta tercera área, el protagonismo de los movimientos
nacionalistas resultó más difícil y, necesariamente,
más abiertamente conflictivo con las estructuras estatales
existentes que se oponían al desarrollo de cualquier movimiento
lingüístico, cultural o religioso que amenazase las fundamentos
de legitimación política de los regímenes absolutistas
dominantes. En resumen, se trata de un área en donde los esfuerzos
por articular las naciones tropiezan con la falta de bases culturales
sólidas y la oposición de las instituciones estatales
dominantes.
La cuarta y última región se extiende por la sociedades
integradas, hasta 1991, en el seno de la Unión Soviética
y que en mucho casos ya habían pertenecido al viejo imperio
zarista. En este caso, las tendencias del nacionalismo emergente
coincidieron con las del tercer huso horario hasta 1918. Pero mientras
el final de la Primera Guerra Mundial supuso la desintegración
estatal de los imperios austro-húngaro y turco, en el caso
ruso, en cambio, facilitó la consolidación de un nuevo
régimen político, económico y cultural, emanado
de la Revolución de 1917, el régimen soviético.
El Estado soviético no sólo logro imponer una nueva
ideocracia sustitutoria de las precedentes oligarquías nacionalistas
y/o nobiliarias, sino que pudo extender su modelo a muchos países
pertenecientes al tercer huso horario tras la conclusión de
la Segunda Guerra Mundial. De este modo, la ideología marxista-leninista,
el Estado dominado por un partido ú nico y la economía
de propiedad colectiva y planificación centralizada, constituyeron
los tres poderosos instrumentos utilizados por las clases dirigentes
(nomenklaturas) para detener el avance del nacionalismo durante medio
siglo.
Aunque las generalizaciones de GELLNER y CARR,
resultan poco satisfactorias para explicar algunos casos concretos,
coincido básicamente
con sus presupuestos. En efecto, salvo los casos de las naciones
catalana e irlandesa, los nacionalismos en Francia (bretones o corsos),
en España (vascos y gallegos) aparecen de forma tardía
y son claramente marginales en el contexto de las sociedades y los
Estados en los que se insertan. Probablemente ello explica, junto
con otros factores, la aparición de organizaciones políticas
radicales que en los casos extremos han optado por el empleo de la
violencia terrorista.
Tampoco los nacionalismos germano e italiano
lograron eludir caer en la tentación del empleo de la violencia como instrumento
básico de sus políticas expansionistas. El recuerdo
del "holocausto" nazi y de los abusos del fascismo italiano
en Albania o Abisinia, nos eximen de mayores explicaciones. Sin embargo,
en la actualidad, es en los países de Europa Central y Oriental
donde el enfrentamiento nacional está provocando numerosos
conflictos armados, demostrando con ello que en estas regiones, las
entidades nacionales distan mucho de haber consolidado sus relaciones
de cooperación con las estructuras estatales en las que se
encuentran inmersas.
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