NACIONALISMOS Y MINORIAS EN EUROPA

 

Indice


1.- Naciones, nacionalismos y minorías: precisiones conceptuales e históricas.
1.1.- El polémico concepto de nación
1.2.- La permanente tensión entre el Estado y la nación.
1.3.- Los nacionalismos: ¿ideologías totalizadoras o totalitarias?.
1.4.- La confusa conceptualización de las minorías.

1.2.- La permanente tensión entre el Estado y la nación.

Cuando se aborda la cuestión de las relaciones entre el Estado y la nación hay que aceptar que tales relaciones se han desarrollado históricamente en una permanente tensión entre dos extremos, uno cooperativo, el otro conflictivo. Ello es así porque ambos conceptos hacen referencia a dos dimensiones distintas de una misma realidad social. Es decir, el Estado tiene que ver con la dimensión política, más exactamente de organización de las relaciones de poder en y entre sociedades, en cambio la nación afecta a la dimensión histórico-cultural de determinado tipo de sociedades, en otros términos, a las relaciones de inserción comunicativa y existencial del individuo en ciertos tipos de sociedades. Evidentemente, uno de los aspectos básicos, pero no el único, que atañe a la inserción y existencia del individuo en las sociedades industriales contemporáneas es, precisamente, el que afecta a la política como substrato del Estado. Como apunta GELLNER: "El principio nacionalista de la organización social requiere, en efecto, la unión de la política y la cultura: un Estado se convierte en protector de una cultura y uno obtiene la ciudadanía en virtud de la participación en una cultura ( y también cumpliendo con su imagen prescrita) y no en virtud del linaje, residencia, propiedad o cualquier otra cosa. El principio nacionalista es muy difícil de satisfacer en condiciones de gran diversidad cultural (étnica), donde se yuxtaponen pueblos de lenguajes muy distintos y donde la cultura y el idioma son a menudo funciones no de la posición en el mapa geográfico sino en el papel y el estrato social." (6)

Existe, pues, un marco de relaciones de cooperación, yo diría que de connivencia, entre el Estado y la nación en el que cada una de ambas realidades desempeñando las funciones que le son propias se refuerzan mutuamente. La nación aporta legitimidad al Estado y a los grupos políticamente dominantes, al tiempo que cohesiona poderosamente su base social a través de la integración cultural. El Estado aporta la base material (territorio) y jurídica que protege y fomenta el núcleo cultural de la nación, a la par que le facilita sus relaciones con otras sociedades, dentro y fuera de las fronteras, permitiendo con ello la perpetuación histórica de ésta. Los ejemplos de Gran Bretaña, Francia, España o Portugal, son exponentes históricos claros del modo en que la existencia de poderosos Estados centralizados favorecieron la consolidación de un sentimiento nacional (popular) esencial para la emergencia de las respectivas naciones. Análogamente, se apeló a la nación alemana o a la nación italiana, para movilizar y legitimar políticamente los procesos de unificación de ambos países sobre las ruinas de los numerosos Estados precedentes. Como reconocería el propio Massimo d'Azeglio: "Hemos hecho Italia, ahora tenemos que hacer a los italianos". (7)

Pero las relaciones entre la nación y el Estado pueden desenvolverse en un contexto abiertamente conflictivo y, con frecuencia, ocurre así. En primer lugar, la nación revolucionario - democrática, por utilizar la terminología de HOBSBAWM, tal y como se manifestó en Francia o en las colonias americanas, tuvo devastadores efectos sobre los regímenes absolutistas de Francia, Inglaterra o España, tal y como ocurriría a principios del presente siglo con los imperios centrales de Austria - Hungría y Turquía.

En segundo término, los nacionalismos de la segunda mitad del siglo XIX y todo el siglo actual, desencadenaron numerosos conflictos y crisis de legitimidad política en toda Europa que, con demasiada frecuencia, trataron de resolverse en los campos de batalla. En tercer lugar, el conflicto entre el Estado y la nación ha surgido siempre que la " supervivencia de la cultura propia de una nación se ve amenazada directamente por la acción de otros grupos sociales, nacionales o no, que monopolizan los órganos del Estado o Estados en los que participa dicha nación". (8) GELLNER, siguiendo las formulaciones generales de CARR, ha apuntado que la predominante dimensión cooperativa o conflictiva en las relaciones entre la nación y el Estado, hay que buscarlas en las diversas circunstancias históricas, políticas, sociales y económicas que concurrieron en las sociedades europeas en el momento de formación de las naciones. De acuerdo con esta interpretación, Europa cabe dividirla en cuatro regiones, a las que denomina metafóricamente con la expresión "husos horarios" en inequívoca alusión a la analogía tiempo - historia.

El primer huso horario los constituyen países de la vertiente atlántica, como Inglaterra, Francia, España o Portugal. Una región en cuyos países existían áreas lingüísticas y culturales predominantes, cuyo desarrollo se propició por los Estados absolutistas y fuertemente centralizados, sobre todo a partir del siglo XVIII. Se trataba de países que mostraron un escaso o débil nacionalismo etnográfico, entendiendo como tal "el estudio, codificación e idealización de culturas campesinas con objeto de fraguar una nueva cultura nacional". (9)

El segundo huso horario corresponde, en términos generales, al área del Sacro imperio Romano, es decir a lo que durante el siglo pasado pasarían a constituirse como Alemania e Italia. Según GELLNER, esta región poseía ya una "Alta Cultura", a la que define como " una cultura estandarizada transmitida por educadores profesionales de acuerdo con normas codificadas bastante rígidas y con ayuda de la alfabetización, en oposición a una " baja Cultura" transmitida sin educación formal en el transcurso de otras actividades vitales, en general sin especificar". (10)

Ello facilitó que las naciones se consagrasen en su existencia a partir de lograr la articulación en un solo Estado de la mayor parte de los territorios que aglutinaban a las colectividades que compartían alguna de ambas unidades lingüístico-culturales (germana o italiana).

La tercera región o huso horario, que se correspondería, en general, con los países centroeuropeos y balcánicos, se caracterizaba por carecer de una "Alta Cultura" bien definida y por unas estructuras estatales sólidas, centralizadas y bien organizadas. Los decadentes imperios austríaco o turco, no pasaban de ser, a mediados del siglo pasado, unos viejos armazones institucionales destinados a mantener artificialmente las correspondientes monarquías absolutistas. Desde el punto de vista lingüístico, étnico y cultural, estos imperios aglutinaban una pléyade de pueblos y grupos cuyas diferencias eran tan abismales que no podían por menos que fragmentar el sustrato social y político sobre el que se asentaban. (11)

En esta tercera área, el protagonismo de los movimientos nacionalistas resultó más difícil y, necesariamente, más abiertamente conflictivo con las estructuras estatales existentes que se oponían al desarrollo de cualquier movimiento lingüístico, cultural o religioso que amenazase las fundamentos de legitimación política de los regímenes absolutistas dominantes. En resumen, se trata de un área en donde los esfuerzos por articular las naciones tropiezan con la falta de bases culturales sólidas y la oposición de las instituciones estatales dominantes.

La cuarta y última región se extiende por la sociedades integradas, hasta 1991, en el seno de la Unión Soviética y que en mucho casos ya habían pertenecido al viejo imperio zarista. En este caso, las tendencias del nacionalismo emergente coincidieron con las del tercer huso horario hasta 1918. Pero mientras el final de la Primera Guerra Mundial supuso la desintegración estatal de los imperios austro-húngaro y turco, en el caso ruso, en cambio, facilitó la consolidación de un nuevo régimen político, económico y cultural, emanado de la Revolución de 1917, el régimen soviético. El Estado soviético no sólo logro imponer una nueva ideocracia sustitutoria de las precedentes oligarquías nacionalistas y/o nobiliarias, sino que pudo extender su modelo a muchos países pertenecientes al tercer huso horario tras la conclusión de la Segunda Guerra Mundial. De este modo, la ideología marxista-leninista, el Estado dominado por un partido ú nico y la economía de propiedad colectiva y planificación centralizada, constituyeron los tres poderosos instrumentos utilizados por las clases dirigentes (nomenklaturas) para detener el avance del nacionalismo durante medio siglo.

Aunque las generalizaciones de GELLNER y CARR, resultan poco satisfactorias para explicar algunos casos concretos, coincido básicamente con sus presupuestos. En efecto, salvo los casos de las naciones catalana e irlandesa, los nacionalismos en Francia (bretones o corsos), en España (vascos y gallegos) aparecen de forma tardía y son claramente marginales en el contexto de las sociedades y los Estados en los que se insertan. Probablemente ello explica, junto con otros factores, la aparición de organizaciones políticas radicales que en los casos extremos han optado por el empleo de la violencia terrorista.

Tampoco los nacionalismos germano e italiano lograron eludir caer en la tentación del empleo de la violencia como instrumento básico de sus políticas expansionistas. El recuerdo del "holocausto" nazi y de los abusos del fascismo italiano en Albania o Abisinia, nos eximen de mayores explicaciones. Sin embargo, en la actualidad, es en los países de Europa Central y Oriental donde el enfrentamiento nacional está provocando numerosos conflictos armados, demostrando con ello que en estas regiones, las entidades nacionales distan mucho de haber consolidado sus relaciones de cooperación con las estructuras estatales en las que se encuentran inmersas.

 

 

 

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