NACIONALISMOS Y MINORIAS EN EUROPA

 

Indice


1.- Naciones, nacionalismos y minorías: precisiones conceptuales e históricas.
1.1.- El polémico concepto de nación
1.2.- La permanente tensión entre el Estado y la nación.
1.3.- Los nacionalismos: ¿ideologías totalizadoras o totalitarias?.
1.4.- La confusa conceptualización de las minorías.


1.- Naciones, nacionalismos y minorías: precisiones conceptuales e históricas.

Cuando se aborda un fenómeno tan complejo y dinámico como el de los nacionalismos y las minorías, en el que concurren aspectos históricos, territoriales, sociológicos, políticos y culturales, además de las inevitables distorsiones que ejercen los estereotipos constantemente difundidos por los medios de comunicación, no siempre desinteresados y objetivos en sus informaciones, suelen desencadenarse interminables debates en los que las pasiones y la parcialidad, cuando no la intolerancia, suelen sustituir al análisis racional, riguroso y fundado en el empleo de una metodología científica.

En esta breve exposición no pretendo abordar con detalle los múltiples aspectos de este tema, ni tan siquiera las diversas dimensiones que suscita en el ámbito estrictamente internacional. Unicamente expondré los aspectos generales del problema en el ámbito regional europeo, tal y como se está planteando en los últimos años, y realizaré, con posterioridad, una revisión crítica de los principales instrumentos de solución que a escala regional se han articulado.

No obstante, considero que para evitar los falsos debates resultantes de la polisemia que encierran términos tales como los de nación, nacionalismo o minoría, conviene que realice, brevemente, un esfuerzo por precisar el significado exacto que atribuiré a estos conceptos en el transcurso de mi exposición. Naturalmente con ello no pretendo ignorar el hecho de que el debate conceptual de tales expresiones permanece abierto en el ámbito académico. Unicamente aspiro a que mis reflexiones puedan interpretarse de forma precisa.

1.1.- El polémico concepto de nación

Que el concepto de nación resulta polémico desde que a fines del siglo XVIII y comienzos del siglo XIX surgieron los primeros movimientos políticos y culturales asociados a la nación y al nacionalismo, constituye una evidencia histórica.

Inicialmente, los tratadistas de filosofía política de la ilustración interpretaban el término nación como sinónimo del pueblo que elegía y sustentaba a los gobiernos populares de Estados soberanos. La expresión "soberanía nacional" equivalía a la actual de "soberanía popular", lo que explica que se llevase a cabo una fácil aunque discutible identificación entre Estado y nación que ha perdurado hasta nuestros días. Situados en este contexto histórico, conviene no olvidar que a fines del siglo XVIII, el alcance político del término pueblo o nación, quedaba circunscrito a los estrechos márgenes de la burguesía, tal y como evidenciaba el sistema de voto censitario, lo que sería directamente atacado por los teóricos marxistas, así como por los movimientos sufragistas, abolicionistas y feministas. (1)

Desde la identificación entre nación, pueblo y Estado, no sólo era comprensible que se reclamase un Estado para cada nación (pueblo), sino que los criterios o características objetivas constituyeran los elementos identificadores básicos para determinar la existencia o no de una nación (pueblo) y, por tanto, de su derecho a erigirse en Estado independiente y a definir su forma de gobierno (soberanía). De este modo se apelaba a la existencia de un territorio nacional, lo que exigía la determinación de las fronteras que lo delimitaban respecto de los de otras naciones (doctrina de las fronteras naturales). También se alegaba la existencia de una lengua propia o nacional, la implantación de una religión o la pertenencia a una comunidad étnica o racial mayoritaria. Todos ellos eran elementos fácilmente constatables en la realidad, o al menos así lo creían sus defensores, y, por tanto resultaba sencillo justificar y satisfacer las demandas políticas de aquellas comunidades nacionales que reunían tales elementos "objetivos".

La irrupción del romanticismo cultural decimonónico unido a la aportación de autores como Fichte, Mill, Renan o Mazzini, aún aceptando esta identificación entre Estado, pueblo y nación, introdujeron una nueva dimensión en el debate conceptual al acentuar la importancia de los criterios o características subjetivas, tales como la conciencia nacional, la lealtad nacional o la voluntad política nacional. Se trataba pues de destacar que la nación surgía no tanto o no sólo porque concurriesen ciertos elementos objetivos sino, sobre todo, porque existía una voluntad o conciencia de cada uno de los individuos que pertenecían a una determinada sociedad o pueblo de anteponer los intereses del colectivo a sus propios intereses personales, familiares o de estamento económico. Gracias a esta conciencia nacional la nación (pueblo) era capaz de organizarse y movilizarse políticamente para llegar a constituirse en Estado independiente y/o de dotarse de una forma propia de gobierno.

Como ha señalado certeramente RUSTOW: "las llamadas formulaciones subjetivas son de ordinario intentos genuinos de definición, mientras que las definiciones objetivas constituyen generalmente intentos más o menos adecuados de explicaciones". (2)

En otras palabras, el debate entre ambas corrientes doctrinales se demostró estéril precisamente por plantear en términos excluyentes lo que no eran mas que aspectos complementarios del mismo problema.

En efecto, ambas corrientes compartían algunos criterios o elementos comunes en sus planteamientos conceptuales. En primer término, ambas admitían la identidad entre nación y pueblo, a la que ya nos hemos referido. También admitían el peso decisivo de la historia, como factor de formación de la nación ( pueblo) y, además, ambas reconocían el derecho de cada nación a constituir su propio Estado independiente.

Actualmente, a las puertas del siglo XXI, una vez se ha completado el proceso de descolonización, se han sufrido y superado los devastadores efectos de dos guerras mundiales y hemos asistido a la desarticulación del bloque comunista, gozamos de la suficiente perspectiva para poder establecer algunas conclusiones claras a la hora de determinar el concepto de nación, por más que en el debate político, tanto nacional como internacional, se pretendan ignorar en aras de objetivos o intereses poco confesables. Tales conclusiones podemos resumirlas en las siguientes:

1ª.- La nación, el pueblo y el Estado, constituyen tres conceptos diferenciables ya que se refieren a realidades sociales, políticas y culturales netamente distintas. Ello significa que no tiene por qué existir, aunque tampoco lo excluye, una estricta coincidencia entre las realidades que traduce cada uno de estos términos. 2ª.- La nación se articula a partir de un largo proceso histórico común en el que concurren elementos "objetivos" con otros de naturaleza estrictamente "subjetiva". Sólo la existencia de los primeros no conduce ineluctablemente a la génesis de una nación, como tampoco es suficiente el simple voluntarismo político o cultural.

3ª.- La integración cultural constituye junto con la autonomía funcional, tanto interna como exterior, dos elementos esenciales para que la nación pueda articularse y subsistir como tal. Ambas potencian una identificación personal entre cada uno de los individuos y la propia colectividad nacional. Esa identificación personal se difunde a través de los procesos de socialización, entre los que destaca la educación, lo que explica porqué las instituciones nacionales entran en competencia con las Administraciones estatales por lograr el control de los sistemas de enseñanza y los medios de comunicación. (3)

Precisamente los elementos de integración cultural y de identificación personal explican por qué la nación sustituye plenamente la forma previa de inserción grupal, es decir al grupo étnico o al clan. Gran parte de las confusiones que sufren los internacionalistas occidentales parte de suponer que este concepto posee aplicación universal, cuando es evidente que un importante número de Estados africanos, asiáticos, así como algunos latinoamericanos y centroeuropeos, están cimentados sobre grupos étnicos y organizaciones sociales de naturaleza clánica o tribal que nada tienen que ver con auténticas naciones. (4)

4ª.- Dentro de un mismo Estado pueden coexistir diversas naciones y/o nacionalidades como también puede ocurrir que una misma nación, se encuentre repartida entre varios países independientes.

De acuerdo con todo lo señalado, la nación la he definido como:

" aquella colectividad que ha alcanzado la integración cultural entre sus miembros, en el transcurso de un proceso histórico común, y gracias a la cual goza de una capacidad de actuación y relación con otras colectividades internacionales, así como de una autonomía funcional interna garantizada por la identificación entre los individuos y la nación". (5)

 

 

 

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