3.- Las relaciones entre
la emigración a Iberoamérica
y la Política Exterior española
La Política Exterior española de los últimos
años del siglo pasado y los tres primeros cuartos del siglo
actual muestra varias etapas bien definidas en cuanto a sus objetivos,
medios y acciones. Naturalmente, no existe una exacta correspondencia
entre la evolución de los movimientos migratorios a Iberoamérica
y los principales ciclos de nuestra acción exterior. No obstante,
como tendremos ocasión de demostrar, existió en todo
momento una evidente interrelación entre ambos fenómenos.
Como la política exterior de cualquier país, la española
estuvo directamente afectada por los cambios políticos, económicos
y sociales internos que, junto con los grandes acontecimientos que
transmutaron la Sociedad Internacional, determinaron el marco general
en el que nuestros gobernantes pudieron adoptaron sus decisiones.
Por ello y atendiendo a ambos contextos, interno e internacional,
podemos señalar tres grandes períodos: el final del
imperio colonial ultramarino (1882-1898); la etapa de configuración
como potencia regional europea (1899-1939) y la época del
régimen franquista (1939- 1975) que, a su vez, podemos dividir
en cuatro subperíodos. (3)
Contrariamente a lo que se ha señalado, los últimos
años del imperio colonial español en Ultramar, no se
corresponden con años de aislamiento y pasividad exterior
sino que, por el contrario, fueron un período en el que la
diplomacia española se mostró activa, pero también
realista y cautelosa. Apoyada en un sistema bipartidista de alternancia
política entre conservadores y liberales, la acción
exterior española se orientó hacia un único
objetivo: el mantenimiento de las colonias ultramarinas y, especialmente,
de Cuba evitando toda injerencia internacional y, en particular,
de Estados Unidos. En aras de alcanzar este objetivo, los sucesivos
gobiernos españoles aplicaron el principio de "la abstención
oficial en los momentos de tensión franco-británica" con
la esperanza de ganar así el apoyo de Londres y París
frente al creciente intervencionismo norteamericano. (4)
Iberoamérica se configura como la principal región
de nuestra acción exterior después, claro está,
de las principales potencias europeas. De esta época data
la creación de una Sección en el Ministerio de Estado
dedicada a la "Política de América", así como
algunas de las principales reformas institucionales, como la que
modificó en 1883 la carrera diplomática establecida
por la Ley Orgánica de las Carreras Diplomática y Consular
(1870). El espectacular aumento de los Tratados concluidos con países
iberoamericanos entre 1896 y 1905 tras el ligero descenso de la década
anterior y coincidente con el experimentado en los Tratados concluidos
con el resto del mundo, avalan la tesis de que la cuestión
cubana constituyó el principal condicionante en las relaciones
entre España y el resto de los países iberoamericanos.
La derrota en la Guerra hispano-norteamericana
de 1898 y la firma del Tratado de París de 1899, pusieron fin a la presencia
española en Ultramar, no sólo en el Caribe sino también
en el área del Pacífico. Semejante realidad impuso
una reorientación de nuestra Política Exterior, tanto
en sus objetivos prioritarios como en los principales medios humano
y materiales empleados en su ejecución.
La atención se va a desplazar al eje Europa-Mediterráneo
Occidental y su centro de gravedad se va a situar en los territorios
del Protectorado de Marruecos, ejercido conjuntamente con Francia
y avalado por las grandes potencias en la Conferencia de Algeciras
de 1907.
La plena vigencia del principio de no intervención española
en las controversias surgidas entre Londres y París, que se
había heredado del siglo anterior, se ampliará a las
crecientes discrepancias entre ambas potencias y el Imperio alemán
cuyos efectos se hicieron extensivos al ámbito regional en
el que España aspiraba a ejercer un liderazgo compartido.
La presencia española en el Norte de Africa constituyó la
causa directa de la permanente contienda que desangrará durante
dos décadas la base demográfica del país y las
arcas del Estado, provocando un nuevo estímulo a la corriente
migratoria hacia Iberoamérica.
Además, "las guerras de Africa" constituyeron
una fuente de inestabilidad política interna que propició el
creciente protagonismo del estamento militar en la dinámica
institucional, consagrado con la instauración de la Dictadura
de Primo de Rivera en 1923, así como la radicalización
de los partidos políticos izquierdistas y de las centrales
sindicales.
En semejante se comprenden los intentos del
Rey Alfonso XIII por intervenir de modo creciente en la política exterior en un
intento por recuperar desde los foros internacionales una legitimación
política que cada vez le era más cuestionada desde
la política doméstica.
Este intervencionismo se apreció claramente en el transcurso
de la Primera Guerra Mundial, al mostrarse abiertamente partidario
de las potencias aliadas, y constituyó una de las claves que
ayuda a comprender la posición neutral adoptada por el Gobierno
español. Ya hemos señalado que la neutralidad española
contribuyó a producir una fuerte expansión económica
e, indirectamente, provocó una coyuntural reducción
del flujo migratorio a Iberoamérica. Pero además, esta
neutralidad permitió un relanzamiento de las relaciones diplomáticas
con Iberoamérica durante las dos décadas que mediaron
entre 1915 y 1935, aprovechando el reconocimiento del status de potencia
regional que las potencias vencedoras concedieron al Gobierno de
Madrid en compensación por su política durante la contienda.
El período de entreguerras se configura como la primera
fase de articulación de una nueva política exterior
hacia Iberoamérica, basada en el reconocimiento de la plena
igualdad política, y no sólo jurídica, entre
los países de ambas orillas pero también de las oportunidades
ofrecidas por los vínculos históricos y culturales
existentes entre ellos. Se aprecia un expreso afán tanto de
España como de Iberoamérica por superar las huellas
del largo y conflictivo proceso de independencia.
Incluso se reclamará la acción mediadora de nuestro
país en los numerosos litigios fronterizos que todavía
enfrentan a diversos Estados iberoamericanos, aprovechando no sólo
el prestigio internacional que posee sino también el hecho
de que los documentos acreditativos de los títulos jurídicos
alegados por cada una de las partes, se encuentren precisamente en
los Archivos españoles. Los Tratados de Arbitraje, se sumarán
así a los de naturaleza comercial o financiera y a los que
legalizan la concesión de nacionalidad a nuestros emigrantes.
Sin embargo, conviene no llamarse a engaño. Estas décadas
de entreguerras son también las que de forma definitiva situarán
las relaciones hispanoamericanas en un segundo plano respecto de
la posición privilegiada alcanzada por las relaciones con
Europa y en clara competencia con las mantenidas con los países
ribereños del Mediterráneo Occidental. (5) La
internacionalización de la Guerra civil española afectó a
las relaciones de España con los países iberoamericanos,
especialmente en el caso de México, y tuvo una incidencia
directa en la posición mantenida por las colonias de emigrantes
españoles residentes en dichos países cuya influencia
y presiones se dejaron sentir en algunos casos sobre los respectivos
Gobiernos. Este es un fenómeno no suficientemente investigado
pero sobre el que existen indicios claros. La propia participación
de emigrantes españoles, nacionalizados en países de
Iberoamérica, en las filas de las Brigadas Internacionales
constituye una prueba del impacto que la contienda española
tuvo en aquellas tierras.
El desencadenamiento de la Segunda Guerra Mundial,
inmediatamente después de concluir la Guerra Civil, vino a incidir en la
política exterior del Régimen instaurado por el General
Franco, cuyo principal objetivo de su acción exterior fue
en todo momento alcanzar el reconocimiento internacional para mejor
garantizar su continuidad interior.
Ello explica los esfuerzos por evitar la participación española
como beligerante en el conflicto mundial, pero también su
claro apoyo económico e ideológico a las Potencias
del Eje durante los primeros años de la guerra.
El impacto de los dos conflictos bélicos sobre la sociedad
y la economía españolas fue demoledor. La España
de la segunda mitad de los años cuarenta se encontraba depauperada
y la emigración a Iberoamérica se convirtió de
nuevo en la solución alternativa a la pobreza de muchas regiones
españolas. Una pobreza acentuada por la política de
aislamiento diplomático internacional adoptado por las potencias
aliadas en la Conferencia de Potsdam y consagrado en las Resoluciones
32 (I) y 39 (I) aprobadas por la Asamblea General de las Naciones
Unidas en 1946.
La ruptura de este aislamiento internacional
se configuró como
el núcleo de las iniciativas diplomáticas de los sucesivos
gobiernos franquistas de esta época. El apoyo recibido de
algunos gobiernos iberoamericanos (Argentina y la República
Dominicana) facilitaron la decisión del Régimen de
utilizar la emigración trasatlántica como uno de los
instrumentos de crecimiento económico, alivio de las tensiones
sociales y reforzamiento de los vínculos culturales propicios
para un mejor clima de negociación diplomática.
La liberalización de la política migratoria con Iberoamérica
mantenida durante el período entre 1946 y 1959 contribuyó a
lograr la plena reincorporación del Régimen en el contexto
internacional a partir de 1953 (Pactos con Estados Unidos y Concordato
con la Santa Sede), proceso que se reforzó con el ingreso
en la ONU en 1955.
La justa correspondencia a esta aportación de la migración
española a las políticas económica y exterior
del Régimen, fue la decidida intervención de la diplomacia
española a favor de las demandas suscitadas por las colonias
establecidas en Iberoamérica. En efecto, durante las dos décadas
que median entre 1946 y 1965, el número de Tratados con los
países iberoamericanos se triplicaron respecto de la década
anterior, pasando de 38 a 114. De ellos, si exceptuamos los Tratados
comerciales, los relativos a doble nacionalidad y promoción
cultural constituyen el grueso de los concluidos, con un total de
166 Tratados. (6) Especial relevancia adquieren
los Tratados destinados a la protección laboral y a la extensión
de la seguridad social a los nacionales del otro Estado, pues durante
esta é poca permitió garantizar una cobertura social
a nuestros emigrantes de la que habían carecido en las épocas
precedentes.
En definitiva, la acción exterior española de las
primeras décadas del franquismo articuló una estructura
institucional y funcional con el fenómeno de la emigración
a Iberoamérica, gracias a la cual podemos hablar de la existencia,
por primera vez, de una auténtica política migratoria
de Estado que se mantendría y desarrollaría, a partir
de los años sesenta, con la emigración española
esta vez orientada hacia los países de Europa Occidental.
3 CALDUCH,R.- Dinámica de la Sociedad Internacional.-
Madrid, 1993. Editorial Centro de Estudios Ramón Areces.
Págs. 45-148.
4 MARIN,Mª.F.- "La política exterior española
entre la crisis de 1898 y la Dictadura de Primo de Rivera".-
CALDUCH,R. (coordinador).- La Política Exterior Española
en el Siglo XX.- Madrid, 1993. Edit. Ediciones Ciencias Sociales.
Págs. 19-46.
5 PALOMARES,G.- "La política exterior española:
de la Dictadura de Primo de Rivera a la Guerra Civil".- CALDUCH,R.
(coordinador).- Ibíd.; págs. 47-70.
6 DELGADO,L.- Imperio de papel. Acción cultural
y política exterior durante el primer franquismo Madrid
1992
C/
Luis García, nº 5; portal 1; 3º-B 28223 - Pozuelo de Alarcón
(Madrid) - España .Telf: (34) 91-351-33-58