La emigración a Iberoamérica y la Política Exterior española (1898-1975)

 

3.- Las relaciones entre la emigración a Iberoamérica y la Política Exterior española

INDICE

1.- El contexto internacional de la emigración española

2.- La emigración española a Iberoamérica. características generales y etapas

3.- Las relaciones entre la emigración a Iberoamérica y la Política Exterior española

4.- Tablas y gráficos.

 

3.- Las relaciones entre la emigración a Iberoamérica y la Política Exterior española

La Política Exterior española de los últimos años del siglo pasado y los tres primeros cuartos del siglo actual muestra varias etapas bien definidas en cuanto a sus objetivos, medios y acciones. Naturalmente, no existe una exacta correspondencia entre la evolución de los movimientos migratorios a Iberoamérica y los principales ciclos de nuestra acción exterior. No obstante, como tendremos ocasión de demostrar, existió en todo momento una evidente interrelación entre ambos fenómenos.

Como la política exterior de cualquier país, la española estuvo directamente afectada por los cambios políticos, económicos y sociales internos que, junto con los grandes acontecimientos que transmutaron la Sociedad Internacional, determinaron el marco general en el que nuestros gobernantes pudieron adoptaron sus decisiones. Por ello y atendiendo a ambos contextos, interno e internacional, podemos señalar tres grandes períodos: el final del imperio colonial ultramarino (1882-1898); la etapa de configuración como potencia regional europea (1899-1939) y la época del régimen franquista (1939- 1975) que, a su vez, podemos dividir en cuatro subperíodos. (3)

Contrariamente a lo que se ha señalado, los últimos años del imperio colonial español en Ultramar, no se corresponden con años de aislamiento y pasividad exterior sino que, por el contrario, fueron un período en el que la diplomacia española se mostró activa, pero también realista y cautelosa. Apoyada en un sistema bipartidista de alternancia política entre conservadores y liberales, la acción exterior española se orientó hacia un único objetivo: el mantenimiento de las colonias ultramarinas y, especialmente, de Cuba evitando toda injerencia internacional y, en particular, de Estados Unidos. En aras de alcanzar este objetivo, los sucesivos gobiernos españoles aplicaron el principio de "la abstención oficial en los momentos de tensión franco-británica" con la esperanza de ganar así el apoyo de Londres y París frente al creciente intervencionismo norteamericano. (4)

Iberoamérica se configura como la principal región de nuestra acción exterior después, claro está, de las principales potencias europeas. De esta época data la creación de una Sección en el Ministerio de Estado dedicada a la "Política de América", así como algunas de las principales reformas institucionales, como la que modificó en 1883 la carrera diplomática establecida por la Ley Orgánica de las Carreras Diplomática y Consular (1870). El espectacular aumento de los Tratados concluidos con países iberoamericanos entre 1896 y 1905 tras el ligero descenso de la década anterior y coincidente con el experimentado en los Tratados concluidos con el resto del mundo, avalan la tesis de que la cuestión cubana constituyó el principal condicionante en las relaciones entre España y el resto de los países iberoamericanos.

La derrota en la Guerra hispano-norteamericana de 1898 y la firma del Tratado de París de 1899, pusieron fin a la presencia española en Ultramar, no sólo en el Caribe sino también en el área del Pacífico. Semejante realidad impuso una reorientación de nuestra Política Exterior, tanto en sus objetivos prioritarios como en los principales medios humano y materiales empleados en su ejecución.

La atención se va a desplazar al eje Europa-Mediterráneo Occidental y su centro de gravedad se va a situar en los territorios del Protectorado de Marruecos, ejercido conjuntamente con Francia y avalado por las grandes potencias en la Conferencia de Algeciras de 1907.

La plena vigencia del principio de no intervención española en las controversias surgidas entre Londres y París, que se había heredado del siglo anterior, se ampliará a las crecientes discrepancias entre ambas potencias y el Imperio alemán cuyos efectos se hicieron extensivos al ámbito regional en el que España aspiraba a ejercer un liderazgo compartido. La presencia española en el Norte de Africa constituyó la causa directa de la permanente contienda que desangrará durante dos décadas la base demográfica del país y las arcas del Estado, provocando un nuevo estímulo a la corriente migratoria hacia Iberoamérica.

Además, "las guerras de Africa" constituyeron una fuente de inestabilidad política interna que propició el creciente protagonismo del estamento militar en la dinámica institucional, consagrado con la instauración de la Dictadura de Primo de Rivera en 1923, así como la radicalización de los partidos políticos izquierdistas y de las centrales sindicales.

En semejante se comprenden los intentos del Rey Alfonso XIII por intervenir de modo creciente en la política exterior en un intento por recuperar desde los foros internacionales una legitimación política que cada vez le era más cuestionada desde la política doméstica.

Este intervencionismo se apreció claramente en el transcurso de la Primera Guerra Mundial, al mostrarse abiertamente partidario de las potencias aliadas, y constituyó una de las claves que ayuda a comprender la posición neutral adoptada por el Gobierno español. Ya hemos señalado que la neutralidad española contribuyó a producir una fuerte expansión económica e, indirectamente, provocó una coyuntural reducción del flujo migratorio a Iberoamérica. Pero además, esta neutralidad permitió un relanzamiento de las relaciones diplomáticas con Iberoamérica durante las dos décadas que mediaron entre 1915 y 1935, aprovechando el reconocimiento del status de potencia regional que las potencias vencedoras concedieron al Gobierno de Madrid en compensación por su política durante la contienda.

El período de entreguerras se configura como la primera fase de articulación de una nueva política exterior hacia Iberoamérica, basada en el reconocimiento de la plena igualdad política, y no sólo jurídica, entre los países de ambas orillas pero también de las oportunidades ofrecidas por los vínculos históricos y culturales existentes entre ellos. Se aprecia un expreso afán tanto de España como de Iberoamérica por superar las huellas del largo y conflictivo proceso de independencia.

Incluso se reclamará la acción mediadora de nuestro país en los numerosos litigios fronterizos que todavía enfrentan a diversos Estados iberoamericanos, aprovechando no sólo el prestigio internacional que posee sino también el hecho de que los documentos acreditativos de los títulos jurídicos alegados por cada una de las partes, se encuentren precisamente en los Archivos españoles. Los Tratados de Arbitraje, se sumarán así a los de naturaleza comercial o financiera y a los que legalizan la concesión de nacionalidad a nuestros emigrantes.

Sin embargo, conviene no llamarse a engaño. Estas décadas de entreguerras son también las que de forma definitiva situarán las relaciones hispanoamericanas en un segundo plano respecto de la posición privilegiada alcanzada por las relaciones con Europa y en clara competencia con las mantenidas con los países ribereños del Mediterráneo Occidental. (5) La internacionalización de la Guerra civil española afectó a las relaciones de España con los países iberoamericanos, especialmente en el caso de México, y tuvo una incidencia directa en la posición mantenida por las colonias de emigrantes españoles residentes en dichos países cuya influencia y presiones se dejaron sentir en algunos casos sobre los respectivos Gobiernos. Este es un fenómeno no suficientemente investigado pero sobre el que existen indicios claros. La propia participación de emigrantes españoles, nacionalizados en países de Iberoamérica, en las filas de las Brigadas Internacionales constituye una prueba del impacto que la contienda española tuvo en aquellas tierras.

El desencadenamiento de la Segunda Guerra Mundial, inmediatamente después de concluir la Guerra Civil, vino a incidir en la política exterior del Régimen instaurado por el General Franco, cuyo principal objetivo de su acción exterior fue en todo momento alcanzar el reconocimiento internacional para mejor garantizar su continuidad interior.

Ello explica los esfuerzos por evitar la participación española como beligerante en el conflicto mundial, pero también su claro apoyo económico e ideológico a las Potencias del Eje durante los primeros años de la guerra.

El impacto de los dos conflictos bélicos sobre la sociedad y la economía españolas fue demoledor. La España de la segunda mitad de los años cuarenta se encontraba depauperada y la emigración a Iberoamérica se convirtió de nuevo en la solución alternativa a la pobreza de muchas regiones españolas. Una pobreza acentuada por la política de aislamiento diplomático internacional adoptado por las potencias aliadas en la Conferencia de Potsdam y consagrado en las Resoluciones 32 (I) y 39 (I) aprobadas por la Asamblea General de las Naciones Unidas en 1946.

La ruptura de este aislamiento internacional se configuró como el núcleo de las iniciativas diplomáticas de los sucesivos gobiernos franquistas de esta época. El apoyo recibido de algunos gobiernos iberoamericanos (Argentina y la República Dominicana) facilitaron la decisión del Régimen de utilizar la emigración trasatlántica como uno de los instrumentos de crecimiento económico, alivio de las tensiones sociales y reforzamiento de los vínculos culturales propicios para un mejor clima de negociación diplomática.

La liberalización de la política migratoria con Iberoamérica mantenida durante el período entre 1946 y 1959 contribuyó a lograr la plena reincorporación del Régimen en el contexto internacional a partir de 1953 (Pactos con Estados Unidos y Concordato con la Santa Sede), proceso que se reforzó con el ingreso en la ONU en 1955.

La justa correspondencia a esta aportación de la migración española a las políticas económica y exterior del Régimen, fue la decidida intervención de la diplomacia española a favor de las demandas suscitadas por las colonias establecidas en Iberoamérica. En efecto, durante las dos décadas que median entre 1946 y 1965, el número de Tratados con los países iberoamericanos se triplicaron respecto de la década anterior, pasando de 38 a 114. De ellos, si exceptuamos los Tratados comerciales, los relativos a doble nacionalidad y promoción cultural constituyen el grueso de los concluidos, con un total de 166 Tratados. (6) Especial relevancia adquieren los Tratados destinados a la protección laboral y a la extensión de la seguridad social a los nacionales del otro Estado, pues durante esta é poca permitió garantizar una cobertura social a nuestros emigrantes de la que habían carecido en las épocas precedentes.

En definitiva, la acción exterior española de las primeras décadas del franquismo articuló una estructura institucional y funcional con el fenómeno de la emigración a Iberoamérica, gracias a la cual podemos hablar de la existencia, por primera vez, de una auténtica política migratoria de Estado que se mantendría y desarrollaría, a partir de los años sesenta, con la emigración española esta vez orientada hacia los países de Europa Occidental.

3 CALDUCH,R.- Dinámica de la Sociedad Internacional.- Madrid, 1993. Editorial Centro de Estudios Ramón Areces. Págs. 45-148.

4 MARIN,Mª.F.- "La política exterior española entre la crisis de 1898 y la Dictadura de Primo de Rivera".- CALDUCH,R. (coordinador).- La Política Exterior Española en el Siglo XX.- Madrid, 1993. Edit. Ediciones Ciencias Sociales. Págs. 19-46.

5 PALOMARES,G.- "La política exterior española: de la Dictadura de Primo de Rivera a la Guerra Civil".- CALDUCH,R. (coordinador).- Ibíd.; págs. 47-70.

6 DELGADO,L.- Imperio de papel. Acción cultural y política exterior durante el primer franquismo Madrid 1992

 

 

 

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