La emigración a Iberoamérica y la Política Exterior española (1898-1975)

 

Por Rafael Calduch Cervera

Profesor Titular de Relaciones Internacionales Universidad Complutense de Madrid

ESPAÑOLES DE AMBAS ORILLAS

(Lisboa 5-6 de Mayo de 1998)

INDICE

1.- El contexto internacional de la emigración española

2.- La emigración española a Iberoamérica. características generales y etapas

3.- Las relaciones entre la emigración a Iberoamérica y la Política Exterior española

4.- Tablas y gráficos.

 

1.- El contexto internacional de la emigración española

La emigración española a Iberoamérica se desarrollo durante un largo período que media entre la segunda mitad del siglo XIX y la primera mitad del siglo XX. En el transcurso de esta etapa histórica, la Sociedad Internacional experimentó profundos cambios que, necesariamente, alteraron sus estructuras política, económica y cultural, al tiempo que hacían emerger nuevos protagonistas internacionales y universalizaban las relaciones entre los Estados, provocando lo que Marcel Merle denominó “el cierre espacial”.

En efecto, desde el punto de vista político, el mundo que media entre 1898 y 1918, se configura como un sistema policéntrico dominado por una pentarquía de potencias imperiales europeas, denominado el Concierto Europeo de Grandes Potencias, en el que figuraban Gran Bretaña; Francia; Rusia; Alemania y Austria-Hungría. A este directorio mundial se sumaban un grupo de potencias regionales o potencias medias cuya hegemonía iba en ascenso, como ocurría con Italia; Estados Unidos y Japón, junto con un grupo de países cuyo liderazgo internacional estaba en clara decandencia al compás de sus pérdidas territoriales. Entre ellas se encontraban el Imperio Turco; el imperio Chino, España o Portugal.

La descolonización que se había iniciado un siglo antes con la sublevación de las trece colonias americanas, había despojado ya a España de sus extensas posesiones en ultramar permaneciendo tan sólo los restos insulares de Cuba, Puerto Rico y las Filipinas, cuya independencia se resolvería en 1898 tras la guerra hispano-norteamericana. Los efectos de esta primera oleada descolonizadora, intentaron compensarse con una nueva expansión política, económica y territorial, cuyos vectores se dirigían claramente hacia el corazón del continente africano, a las riberas mediterráneas o a las costas del Pacífico.

Es, por tanto, una etapa histórica en la que el orden político mundial instaurado en el Congreso de Viena de 1815 experimenta su crisis final, sólo prolongada por un precario equilibrio cimentado en los constantes Congresos, Tratados y Alianzas celebrados entre las distintas potencias, obligadas a violarlos o revisarlos amparándose en la diplomacia secreta practicada por sus Cancillerías.

Un equilibrio que contemplaba, llegada la ocasión, el recurso a la guerra como un instrumento privilegiado de la acción exterior, tal y como ya lo había evidenciado la guerra franco-prusiana de 1871 y se había repetido con los sucesivos conflictos posteriores, como el ya citado entre España y Estados Unidos; las campañas italianas en Abisinia, entre 1894 y 1906; la guerra chino-japonesa de 1895; la guerra ruso-japonesa, entre 1904-1905, o las guerras balcánicas de 1912 y 1913, que constituyeron otros tantos jalones en el ineluctable camino hacia la Gran Guerra Europea de 1914-1918.

En este contexto, la articulación, en 1882, de la Triple Alianza, formada por Alemania, Italia y Austria-Hungría, constituyó la respuesta política a la creación, tres años antes (1879), de la Doble Alianza entre Francia y Rusia, forzando la constitución, en 1904, de la Entente Cordial franco-inglesa. De este modo quedaron configurados los dos polos que se enfrentarían en los campos de batalla diez años más tarde. Pero si importante era la quiebra que estaba experimentando el orden político internacional, no menos convulsivos eran los cambios económicos y sociales que imponía la consolidación de la Revolución Industrial, con su cortejo de nuevas tecnologías y de ingentes movimientos migratorios, estaba provocando dentro y fuera de las fronteras de los Estados.

La incorporación del motor de explosión, de la energía eléctrica o de los productos químicos en el proceso de producción industrial y en los transportes, permitieron un nuevo período de crecimiento económico estable, en el que Alemania y Estados Unidos aparecían como poderosas economías emergentes en abierta competencia con Inglaterra y Francia.

Los datos de los principales indicadores económicos demuestran claramente esta afrimación. Entre 1893 y 1913, los porcentajes de crecimiento de la producción carbonífera alemana o norteamericana fueron 2 y 3 veces, respectivamente, los de Inglaterra. Estos ritmos ascendieron a 4 y 5 veces para el acero, permitiendo que las exportaciones alemanas o norteamericanas duplicaran o cuadriplacaran las inglesas. En otras palabras, Alemania y Estados Unidos se habían convertido en auténticas economías motoras del crecimiento europeo o americano a comienzos del presente siglo.

Este crecimiento económico, estimuló la industrialización de nuevos países, como fue el caso de España, Rusia o Japón, al tiempo que nutría una fase expansiva del comercio internacional que desde Europa y Estados Unidos, se difundía al resto del mundo, gracias a las facilidades ofrcidas por los nuevos medios de transporte: el ferrocarril y la navegación a vapor.

En 1913, el comercio con América del Sur representaba el 7’9 % del comercio exterior de Inglaterra; el 8’5 % del de Estados Unidos; el 6’8 % del de Alemania y el 6’7 % del de Francia. Poco a poco, la interdependencia comercial, financiera y tecnológica entre las potencias industriales y los nuevos Estados independientes, iba sustituyendo a la explotación económica de las colonias por sus metrópolis.

La consolidación del proceso industrializador de comeinzos de siglo impuso y, a su vez, se nutrió de las nuevas formas de organización empresVerdana. La aparición de las modernas empresas multinacionales ( como las Nobel; Singer o Bayer), junto con la formación de cártels y trusts como instrumentos de protección de las industrias nacionales incipientes frente a la competencia extranjera, propiciaron la mundialización económica.

Pero la industrialización no sólo afectó a las economías nacionales sino también y, tal vez, en mayor medida a las estructuras sociales. La consolidación de un proletariado urbano, favorecido por el constante éxodo a la ciudad de los excedentes de mano de obra rural, sentó las condiciones para la formación de un movimiento de asociacionismo sindical y político, estructurado en torno a nuevas corrientes ideológicas, márxismo y anarquismo principalmente, que estaba llamado a desencadenar una polarización, nacional e internacional, durante gran parte del siglo XX. No menos importantes fueron los flujos migratorios internacionales, estimulados por los devastadores efectos de los conflictos armados y por las intensas desigualdades entre recursos y la población existentes en el Viejo Continente en relación con las oportunidades ofrecidas por otras áreas continentales.

De este modo, Estados Unidos; Argentina; Australia; Sudáfrica o Siberia, se convirtieron en poderosos polos de atracción para la mano de obra excedentaria de Irlanda; Paçíses nórdicos; Centroeuropa o los países mediterráneos, incluida España. Estos ingentes reajustes demográficos debían, por fuerza, tener duraderas consecuencias durante el resto del siglo XX.

Finalmente, los albores del presente siglo consagraron nuevas y poderosas transformaciones culturales. El romanticismo nacional decimonónico cuajó en poderosos y, con frecuencia, violentos movimientos nacionalistas que aspiraban a la creación de nuevos Estados, engendrados a partir de una homogeneidad lingüística, religiosa o étnica, imposible de alcanzar en una Europa multicultural.

Junto a ellos, la formación, durante la primera mitad del siglo, de las grandes agencias internacionales de noticias, como la francesa Havas; la alemana Wolff; la británica Reuter o la norteamericana Associated Press, unido al empleo de nuevas tencologías de comunicación, como el telégrafo o el teléfono, posibilitaron unos flujos mundiales de información rápidos y baratos, gracias a los cuales los periódicos nacionales pudieron ampliar su oferta informativa, accediendo a sectores sociales más numerosos y, por esta vía, alcanzar mayores cuotas de influencia política, económica y cultural. El creciente poder de estos “medios de comunicación social”, quedó bien patente por la influencia de los periódicos de Hearst en el desencadenamiento de la guerra hispano-norteamericana de 1898.

Las consecuencias de la Primera Guerra Mundial, trastocaron el panorama político internacional. A la desaparición de los grandes imperios centrales, la desmilitarización alemana y la Revolución bolchevique, se sumaron los intentos de instaurar un nuevo orden político internacional sustentado en un catálogo de principios, formulados en los " Catorce Puntos" del presidente norteamericano Woodrow Wilson, y en la creación de un organismo mundial: la Sociedad de Naciones.

Ni las disposiciones del Tratado de Paz de Versailles, nunca ratificado por Estados Unidos, ni la nueva expansión territorial de británicos y franceses en Oriente Medio y el Norte de Africa, obviamente a costa de la Sublime Puerta otomana, lograron articular un verdadero directorio mundial de las grandes potencias. El retorno de Washington a su política aislacionista; la marginación del coloso soviético, empeñado en la consolidación interior del nuevo régimen político-económico, el rechazo alemán al diktat impuesto por las potencias aliadas y el ambicioso expansionismo de italianos y japoneses, constituyeron otras tantas quiebras en el sistema internacional de entreguerras. Tampoco la economía mundial logró superar el envite de la Gran Depresión de 1929. El grado de interdependencia económica y financiera alcanzado entre Estados Unidos y Europa en las décadas anteriores, operó como instrumento de transmisión internacional de las crisis financieras norteamericanas, provocando la quiebra de las economías europeas más débiles o más hipotecadas, como ocurría en el caso alemán, que terminaron por arrastrar en su caída a los colosos británico y francés.

Desde la perspectiva social, la Primera Guerra Mundial había provocado el éxodo de millones de personas, complicando considerablemente el mosaico de minorías nacionales, religiosas o étnicas que ya existía en el Viejo Continente. Esta situación se agravó con el impacto de la depresión mundial, que sumió en la marginación y la miseria a amplios sectores de las clases medias y del proletariado urbano. Estas condiciones fueron el caldo de cultivo idóneo para la implantación de regímenes dictatoriales, como el fascismo en Italia o el stalinismo en la URSS, y para el ascenso del nacional-socialismo alemán. Con la perspectiva histórica presente, podemos afirmar que el período de entreguerras fue más el epílogo de la Sociedad Internacional decimonónica, que el punto de partida de una nueva realidad mundial. No es extraño que el conjunto de Tratados e Instituciones adoptados en esta fase, se demostraran incapaces de evitar el desencadenamiento de una nueva contienda mundial, cuyo alcance y resultados fueron todavía más graves que los de la guerra de 1914 a 1918.

La difusión de la radio y el cinematógrafo, facilitaron la difusión de la información y la propaganda a los sectores sociales más numerosos y proletarizados que, por razón de su analfabetismo, habían quedado excluidos del acceso a la prensa escrita. De este modo, las masas urbanas y rurales potencian su conciencia de clase y con ella su protagonismo en la vida política, nacional e internacional, abriendo la brecha del sufragio universal y de las grandes internacionales políticas (comunista; democristiana, liberal;etc.).

El verdadero y profundo cambio del sistema internacional surgió de la Segunda Guerra Mundial. La división territorial impuesta por el avance de los ejércitos de las potencias aliadas, quedó consagrada políticamente en las Conferencias de Yalta y Potsdam y sellada con las explosiones nucleares de Hiroshima y Nagasaki. El mundo quedaba dividido en dos grandes bloques y dominado por el liderazgo de dos superpotencias: la Unión Soviética y los Estados Unidos. Atrofiada entre ambos colosos político-militares, la Organización de las Naciones Unidas tuvo que desarrollar sus múltiples y decisivas funciones durante más de cuatro décadas.Una de las principales actividades de la ONU fue contribuir, decisivamente, a culminar el proceso de descolonización iniciado dos siglos antes.

En la nueva estructura económica mundial, se impuso el dominio de la economía norteamericana, reforzada durante la contienda y garantizada con su directa y masiva participación en el proceso de reconstrucción europea durante los primeros años de la postguerra a través del Plan Marshall. El dólar se convirtió en la columna vertebral del sistema financiero internacional al sustentar el sistema de patrón cambios-oro y nutrir las arcas del Fondo Monetario Internacional y del Banco Mundial. Cada vez más claramente, la revolución tecnológica, de los medios de transporte, con el auge de la aviación y sus inmensas posibilidades demostradas durante el bloqueo de Berlín, y de las telecomunicaciones, fueron sustituyendo la movilidad de la mano de obra por la de los bienes y los capitales. En estas circunstancias, resultaba más rentable internacionalizar la producción, aprovechando las ventajas comparativas que ofrecían las economías de los distintos países, que fomentar los grandes movimientos migratorios transcontinentales. La movilidad internacional de los trabajadores irá siendo sustituida por la movilidad intersectorial en el marco de los procesos de integración regional y especialización productiva.

Es el escenario en el que las grandes migraciones españoles a Iberoamérica se dirigirán a los países más desarrollados del entorno europeo, para regresar unas décadas más tarde buscando la ubicación en el seno de la economía española. Se cierra así un ciclo social y económico que se abrió hace cinco siglos con el descubrimiento de América.

 

 

 

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