1.- El contexto internacional
de la emigración española
La emigración española a Iberoamérica se desarrollo
durante un largo período que media entre la segunda mitad
del siglo XIX y la primera mitad del siglo XX. En el transcurso de
esta etapa histórica, la Sociedad Internacional experimentó profundos
cambios que, necesariamente, alteraron sus estructuras política,
económica y cultural, al tiempo que hacían emerger
nuevos protagonistas internacionales y universalizaban las relaciones
entre los Estados, provocando lo que Marcel Merle denominó “el
cierre espacial”.
En efecto, desde el punto de vista político, el mundo que
media entre 1898 y 1918, se configura como un sistema policéntrico
dominado por una pentarquía de potencias imperiales europeas,
denominado el Concierto Europeo de Grandes Potencias, en el que figuraban
Gran Bretaña; Francia; Rusia; Alemania y Austria-Hungría.
A este directorio mundial se sumaban un grupo de potencias regionales
o potencias medias cuya hegemonía iba en ascenso, como ocurría
con Italia; Estados Unidos y Japón, junto con un grupo de
países cuyo liderazgo internacional estaba en clara decandencia
al compás de sus pérdidas territoriales. Entre ellas
se encontraban el Imperio Turco; el imperio Chino, España
o Portugal.
La descolonización que se había iniciado un siglo
antes con la sublevación de las trece colonias americanas,
había despojado ya a España de sus extensas posesiones
en ultramar permaneciendo tan sólo los restos insulares de
Cuba, Puerto Rico y las Filipinas, cuya independencia se resolvería
en 1898 tras la guerra hispano-norteamericana. Los efectos de esta
primera oleada descolonizadora, intentaron compensarse con una nueva
expansión política, económica y territorial,
cuyos vectores se dirigían claramente hacia el corazón
del continente africano, a las riberas mediterráneas o a las
costas del Pacífico.
Es, por tanto, una etapa histórica en la que el orden político
mundial instaurado en el Congreso de Viena de 1815 experimenta su
crisis final, sólo prolongada por un precario equilibrio cimentado
en los constantes Congresos, Tratados y Alianzas celebrados entre
las distintas potencias, obligadas a violarlos o revisarlos amparándose
en la diplomacia secreta practicada por sus Cancillerías.
Un equilibrio que contemplaba, llegada la ocasión, el recurso
a la guerra como un instrumento privilegiado de la acción
exterior, tal y como ya lo había evidenciado la guerra franco-prusiana
de 1871 y se había repetido con los sucesivos conflictos posteriores,
como el ya citado entre España y Estados Unidos; las campañas
italianas en Abisinia, entre 1894 y 1906; la guerra chino-japonesa
de 1895; la guerra ruso-japonesa, entre 1904-1905, o las guerras
balcánicas de 1912 y 1913, que constituyeron otros tantos
jalones en el ineluctable camino hacia la Gran Guerra Europea de
1914-1918.
En este contexto, la articulación, en 1882, de la Triple
Alianza, formada por Alemania, Italia y Austria-Hungría, constituyó la
respuesta política a la creación, tres años
antes (1879), de la Doble Alianza entre Francia y Rusia, forzando
la constitución, en 1904, de la Entente Cordial franco-inglesa.
De este modo quedaron configurados los dos polos que se enfrentarían
en los campos de batalla diez años más tarde. Pero
si importante era la quiebra que estaba experimentando el orden político
internacional, no menos convulsivos eran los cambios económicos
y sociales que imponía la consolidación de la Revolución
Industrial, con su cortejo de nuevas tecnologías y de ingentes
movimientos migratorios, estaba provocando dentro y fuera de las
fronteras de los Estados.
La incorporación del motor de explosión, de la energía
eléctrica o de los productos químicos en el proceso
de producción industrial y en los transportes, permitieron
un nuevo período de crecimiento económico estable,
en el que Alemania y Estados Unidos aparecían como poderosas
economías emergentes en abierta competencia con Inglaterra
y Francia.
Los datos de los principales indicadores económicos demuestran
claramente esta afrimación. Entre 1893 y 1913, los porcentajes
de crecimiento de la producción carbonífera alemana
o norteamericana fueron 2 y 3 veces, respectivamente, los de Inglaterra.
Estos ritmos ascendieron a 4 y 5 veces para el acero, permitiendo
que las exportaciones alemanas o norteamericanas duplicaran o cuadriplacaran
las inglesas. En otras palabras, Alemania y Estados Unidos se habían
convertido en auténticas economías motoras del crecimiento
europeo o americano a comienzos del presente siglo.
Este crecimiento económico, estimuló la industrialización
de nuevos países, como fue el caso de España, Rusia
o Japón, al tiempo que nutría una fase expansiva del
comercio internacional que desde Europa y Estados Unidos, se difundía
al resto del mundo, gracias a las facilidades ofrcidas por los nuevos
medios de transporte: el ferrocarril y la navegación a vapor.
En 1913, el comercio con América del Sur representaba el
7’9 % del comercio exterior de Inglaterra; el 8’5 % del
de Estados Unidos; el 6’8 % del de Alemania y el 6’7
% del de Francia. Poco a poco, la interdependencia comercial, financiera
y tecnológica entre las potencias industriales y los nuevos
Estados independientes, iba sustituyendo a la explotación
económica de las colonias por sus metrópolis.
La consolidación del proceso industrializador de comeinzos
de siglo impuso y, a su vez, se nutrió de las nuevas formas
de organización empresVerdana. La aparición de las modernas
empresas multinacionales ( como las Nobel; Singer o Bayer), junto
con la formación de cártels y trusts como instrumentos
de protección de las industrias nacionales incipientes frente
a la competencia extranjera, propiciaron la mundialización
económica.
Pero la industrialización no sólo afectó a
las economías nacionales sino también y, tal vez, en
mayor medida a las estructuras sociales. La consolidación
de un proletariado urbano, favorecido por el constante éxodo
a la ciudad de los excedentes de mano de obra rural, sentó las
condiciones para la formación de un movimiento de asociacionismo
sindical y político, estructurado en torno a nuevas corrientes
ideológicas, márxismo y anarquismo principalmente,
que estaba llamado a desencadenar una polarización, nacional
e internacional, durante gran parte del siglo XX. No menos importantes
fueron los flujos migratorios internacionales, estimulados por los
devastadores efectos de los conflictos armados y por las intensas
desigualdades entre recursos y la población existentes en
el Viejo Continente en relación con las oportunidades ofrecidas
por otras áreas continentales.
De este modo, Estados Unidos; Argentina; Australia;
Sudáfrica
o Siberia, se convirtieron en poderosos polos de atracción
para la mano de obra excedentaria de Irlanda; Paçíses
nórdicos; Centroeuropa o los países mediterráneos,
incluida España. Estos ingentes reajustes demográficos
debían, por fuerza, tener duraderas consecuencias durante
el resto del siglo XX.
Finalmente, los albores del presente siglo consagraron
nuevas y poderosas transformaciones culturales. El romanticismo
nacional decimonónico
cuajó en poderosos y, con frecuencia, violentos movimientos
nacionalistas que aspiraban a la creación de nuevos Estados,
engendrados a partir de una homogeneidad lingüística,
religiosa o étnica, imposible de alcanzar en una Europa multicultural.
Junto a ellos, la formación, durante la primera mitad del
siglo, de las grandes agencias internacionales de noticias, como
la francesa Havas; la alemana Wolff; la británica Reuter o
la norteamericana Associated Press, unido al empleo de nuevas tencologías
de comunicación, como el telégrafo o el teléfono,
posibilitaron unos flujos mundiales de información rápidos
y baratos, gracias a los cuales los periódicos nacionales
pudieron ampliar su oferta informativa, accediendo a sectores sociales
más numerosos y, por esta vía, alcanzar mayores cuotas
de influencia política, económica y cultural. El creciente
poder de estos “medios de comunicación social”,
quedó bien patente por la influencia de los periódicos
de Hearst en el desencadenamiento de la guerra hispano-norteamericana
de 1898.
Las consecuencias de la Primera Guerra Mundial,
trastocaron el panorama político internacional. A la desaparición
de los grandes imperios centrales, la desmilitarización alemana
y la Revolución bolchevique, se sumaron los intentos de instaurar
un nuevo orden político internacional sustentado en un catálogo
de principios, formulados en los " Catorce Puntos" del
presidente norteamericano Woodrow Wilson, y en la creación
de un organismo mundial: la Sociedad de Naciones.
Ni las disposiciones del Tratado de Paz de Versailles,
nunca ratificado por Estados Unidos, ni la nueva expansión territorial de británicos
y franceses en Oriente Medio y el Norte de Africa, obviamente a costa
de la Sublime Puerta otomana, lograron articular un verdadero directorio
mundial de las grandes potencias. El retorno de Washington a su política
aislacionista; la marginación del coloso soviético,
empeñado en la consolidación interior del nuevo régimen
político-económico, el rechazo alemán al diktat
impuesto por las potencias aliadas y el ambicioso expansionismo de
italianos y japoneses, constituyeron otras tantas quiebras en el
sistema internacional de entreguerras.
Tampoco la economía mundial logró superar el envite de la Gran
Depresión de 1929. El grado de interdependencia económica y financiera
alcanzado entre Estados Unidos y Europa en las décadas anteriores, operó como
instrumento de transmisión internacional de las crisis financieras norteamericanas,
provocando la quiebra de las economías europeas más débiles
o más hipotecadas, como ocurría en el caso alemán, que terminaron
por arrastrar en su caída a los colosos británico y francés.
Desde la perspectiva social, la Primera Guerra
Mundial había
provocado el éxodo de millones de personas, complicando considerablemente
el mosaico de minorías nacionales, religiosas o étnicas
que ya existía en el Viejo Continente. Esta situación
se agravó con el impacto de la depresión mundial, que
sumió en la marginación y la miseria a amplios sectores
de las clases medias y del proletariado urbano. Estas condiciones
fueron el caldo de cultivo idóneo para la implantación
de regímenes dictatoriales, como el fascismo en Italia o el
stalinismo en la URSS, y para el ascenso del nacional-socialismo
alemán. Con la perspectiva histórica presente, podemos
afirmar que el período de entreguerras fue más el epílogo
de la Sociedad Internacional decimonónica, que el punto de
partida de una nueva realidad mundial. No es extraño que el
conjunto de Tratados e Instituciones adoptados en esta fase, se demostraran
incapaces de evitar el desencadenamiento de una nueva contienda mundial,
cuyo alcance y resultados fueron todavía más graves
que los de la guerra de 1914 a 1918.
La difusión de la radio y el cinematógrafo, facilitaron
la difusión de la información y la propaganda a los
sectores sociales más numerosos y proletarizados que, por
razón de su analfabetismo, habían quedado excluidos
del acceso a la prensa escrita. De este modo, las masas urbanas y
rurales potencian su conciencia de clase y con ella su protagonismo
en la vida política, nacional e internacional, abriendo la
brecha del sufragio universal y de las grandes internacionales políticas
(comunista; democristiana, liberal;etc.).
El verdadero y profundo cambio del sistema internacional
surgió de
la Segunda Guerra Mundial. La división territorial impuesta
por el avance de los ejércitos de las potencias aliadas, quedó consagrada
políticamente en las Conferencias de Yalta y Potsdam y sellada
con las explosiones nucleares de Hiroshima y Nagasaki. El mundo quedaba
dividido en dos grandes bloques y dominado por el liderazgo de dos
superpotencias: la Unión Soviética y los Estados Unidos.
Atrofiada entre ambos colosos político-militares, la Organización
de las Naciones Unidas tuvo que desarrollar sus múltiples
y decisivas funciones durante más de cuatro décadas.Una
de las principales actividades de la ONU fue contribuir, decisivamente,
a culminar el proceso de descolonización iniciado dos siglos
antes.
En la nueva estructura económica mundial, se impuso el dominio
de la economía norteamericana, reforzada durante la contienda
y garantizada con su directa y masiva participación en el
proceso de reconstrucción europea durante los primeros años
de la postguerra a través del Plan Marshall. El dólar
se convirtió en la columna vertebral del sistema financiero
internacional al sustentar el sistema de patrón cambios-oro
y nutrir las arcas del Fondo Monetario Internacional y del Banco
Mundial.
Cada vez más claramente, la revolución tecnológica, de los
medios de transporte, con el auge de la aviación y sus inmensas posibilidades
demostradas durante el bloqueo de Berlín, y de las telecomunicaciones,
fueron sustituyendo la movilidad de la mano de obra por la de los bienes y los
capitales. En estas circunstancias, resultaba más rentable internacionalizar
la producción, aprovechando las ventajas comparativas que ofrecían
las economías de los distintos países, que fomentar los grandes
movimientos migratorios transcontinentales. La movilidad internacional de los
trabajadores irá siendo sustituida por la movilidad intersectorial en
el marco de los procesos de integración regional y especialización
productiva.
Es el escenario en el que las grandes migraciones
españoles
a Iberoamérica se dirigirán a los países más
desarrollados del entorno europeo, para regresar unas décadas
más tarde buscando la ubicación en el seno de la economía
española. Se cierra así un ciclo social y económico
que se abrió hace cinco siglos con el descubrimiento de América.
C/
Luis García, nº 5; portal 1; 3º-B 28223 - Pozuelo de Alarcón
(Madrid) - España .Telf: (34) 91-351-33-58