POLITICA EXTERIOR Y DE SEGURIDAD DE ESPAÑA EN 2003

 

3.- La posición española ante la intervención en Irak: ¿cálculo diplomático o error político?

Como señalábamos, durante los primeros meses del año el principal, aunque no exclusivo, tema de la agenda exterior española fue la crisis y posterior intervención militar en Irak. Un análisis mínimamente riguroso de lo ocurrido durante ese primer trimestre nos obliga a evaluar la situación internacional, la posición del Gobierno español, tanto en sus declaraciones como con sus decisiones, la posición de los partidos de la oposición, la reacción de la sociedad española ante los acontecimientos y, finalmente, los resultados de la intervención para la política exterior española. Desde luego la crisis iraquí fue gestionada durante más de una década de un modo claramente inadecuado para garantizar la seguridad internacional y los derechos de los propios ciudadanos iraquíes. La responsabilidad de esa mala gestión hay que atribuírsela a las grandes potencias que intervinieron y decidieron el futuro del régimen de Sadam Husein en 1991, pero también a las propias Naciones Unidas que lejos de presionar a las primeras para encontrar una solución definitiva a la inestable situación irquí, terminó legalizando a través de numerosas resoluciones del Consejo de Seguridad una realidad peligrosa para la región y, desde luego, contraria a los derechos más elementales de la población iraquí. La resolución del Consejo de Seguridad 1441, del 8 de Noviembre de 2002, y la unanimidad alcanzada en su aprobación se inscriben en la necesidad de la comunidad internacional de buscar una solución definitiva a la crisis de Irak que fuese, al mismo tiempo, legal y políticamente aceptable para todas las partes. La restauración de las actividades de inspección internacional por parte de UNMOVIC y la OIEA, para constatar el desarme de arsenales de destrucción masiva por parte del régimen iraquí, no puede considerarse la causa de la crisis sino sólo uno de los instrumentos, considerados necesarios pero no suficientes, para su solución. (4) La propia resolución recoge otros instrumentos como las declaraciones semestrales y una declaración que deberá presentar el Gobierno de Irak en un plazo límite de 30 días a partir de la resolución, que sea “ exacta, cabal y completa” respecto de todos los aspectos referidos a sus programas, sistemas de armas, arsenales, etc. de armas nucleares, químicas y biológicas. Es decisivo dejar constancia, que la unanimidad del Consejo de Seguridad recogida en la resolución 1441 recae tanto sobre las causas de la crisis como sobre los procedimientos a seguir para su definitiva resolución e, incluso, sobre “las graves consecuencias” en caso de incumplimiento por el Gobierno de Bagdad de las obligaciones que la resolución le impone.

La importancia de precisar los términos exactos sobre los que recayó la voluntad de la comunidad internacional, manifestada a través de la resolución del Consejo de Seguridad, resulta esencial para delimitar el alcance de las discrepancias surgidas durante la crisis entre Estados Unidos y el Reino Unido, de una parte, y Francia y la Federación de Rusia, de otra, delimitación que debe tener en cuenta que España, al igual que la R. F. de Alemania, no formaba parte del Consejo de Seguridad cuando se adoptó la resolución 1441, pero sí se incorporó a partir del año 2003 y por tanto se vio obligada a decidir sobre las medidas que debían adoptarse para el cumplimiento de la citada resolución.

En otras palabras, a principios de ese año el Gobierno español debía conjugar sus obligaciones como miembro de las Naciones Unidas y del propio Consejo de Seguridad para garantizar el cumplimiento de la resolución 1441, con las que le vinculaban con sus socios y aliados, especialmente las potencias mencionadas, y ambas exigencias con los intereses y objetivos nacionales. Ello suponía llevar a cabo un difícil equilibrio diplomático que le alejaba de la fácil postura aislacionista, propia de épocas pasadas, y de un completo e incondicional apoyo a las tesis norteamericanas más radicalmente intervencionistas, como las mantenidas por Dick Cheney; Donald Rumsfeld y Condoleeza Rice. (5)

Enfrentado con semejante escenario, la estrategia del Presidente Aznar se centró en tres ejes fundamentales: un apoyo político, diplomático y logístico a la iniciativa angloamericana de intervención militar si no se cumplían las exigencias de la resolución 1441 a corto plazo o, incluso, aunque no prosperase la aprobación de una nueva resolución; la decisión de que las tropas españolas no participasen directamente en las operaciones militares y, finalmente, un protagonismo claro y decidido en las acciones humanitarias y la reconstrucción del país durante la postguerra. (6)

La lógica de esta estrategia respondía a consideraciones de oportunidad política pero también a limitaciones reales. Pertenece a las primeras la necesidad de fortalecer la vinculación con Estados Unidos, hoy por hoy la principal potencia militar del mundo, como complemento a una política europea de seguridad y defensa todavía embrionaria, así como la confianza de lograr una colaboración decisiva en la lucha contra el terrorismo etarra. Entre las limitaciones figuraban la incapacidad diplomática para influir decisivamente en la posición de otros países, iberoamericanos o europeos, y la imposibilidad de realizar una aportación de tropas verdaderamente significativa, pues la mayoría de las unidades operativas se encuentran ya comprometidas en la propia defensa territorial o en las diversas operaciones de pacificación en las que participa España.

Naturalmente podía haberse optado por la opción dilatoria, que no pacificadora, mantenida por Francia, Rusia y la R. F. de Alemania, tal y como defendían los principales partidos de la oposición. No cabe duda que una decisión de ese tipo habría resultado más próxima a las posiciones de amplios sectores de la sociedad española y habría resultado políticamente más rentable para el Gobierno, al arrebatarles a los partidos de la oposición el discurso pacifista y antiamericano. (7) Sin embargo, desde la perspectiva internacional habría afectado seriamente las relaciones con Estados Unidos, sin mejorar por ello la división interna en el seno de la Unión Europea y sin garantizar que esa decisión hubiese constituido la base para un entendimiento o pacto de Estado en materia de política exterior. (8)

Una vez desencadenada la intervención angloamericana, el gobierno español mantuvo los compromisos adquiridos con Estados Unidos y las bases aéreas españolas fueron un eslabón logístico revalorizado, cuando el Parlamento turco se manifestó contrario al uso de su territorio por las tropas norteamericanas. La abrumadora superioridad militar de las fuerzas angloamericanas impuso una contienda breve y ello, sin duda, contribuyó a mitigar el desgaste político del Gobierno, facilitando un acuerdo básico con el PSOE sobre la contribución española a la reconstrucción de Irak que, por el contrario, se ha revelado mucho más violenta y compleja de lo que preveían los dirigentes norteamericanos. (9)

Es precisamente en la fase postbélica donde España ha asumido un protagonismo diplomático y militar más evidente y acorde con el papel de potencia media que aspira a desempeñar. La vertebración de una brigada multinacional, las gestiones políticas y diplomáticas destinadas a reducir la brecha entre Estados Unidos y algunos países europeos o iberoamericanos y la coordinación de la Conferencia de Donantes para la reconstrucción de Irak, constituyen datos significativos de la voluntad política española de participar activamente en la región, algo que, sin duda, recibirá continuidad si el Partido Popular gana las próximas elecciones generales aunque no obtenga la mayoría absoluta.

En cuanto a los efectos de nuestra colaboración en la crisis iraquí para los intereses españoles, el más destacable, hasta el momento, se sitúa en el apoyo internacional recibido en la lucha antiterrorista. La inclusión de ETA y su principal organización colaboradora, Herri Batasuna, en el listado de organizaciones terroristas internacionales que desde 1996 viene anualmente elaborando el Departamento de Estado en colaboración con la Fiscalía General y el departamento del Tesoro de Estados Unidos, no sólo implica la obligación de que todas las agencias gubernamentales norteamericanas persigan en el ámbito de su jurisdicción y competencias a los miembros y actividades de ambas organizaciones, sino que también supone la prohibición de que los bancos y demás empresas norteamericanas presten sus servicios a las citadas organizaciones, además de estar obligados a informar de los servicios realizados con anterioridad a la fecha de inclusión en el listado. (10)

Sin duda, la novedosa colaboración que Estados Unidos viene concediendo a España en la lucha antiterrorista desde los atentados del 11 de Septiembre, se complementa con las medidas de apoyo diplomático respecto de ciertas áreas o litigios, como el que mantenemos con Marruecos por el islote Perejil o la migración ilegal, lo que ciertamente no puede apreciarse en las relaciones con el Reino Unido respecto de Gibraltar, cuyas negociaciones han vuelto a quedar estancadas.

Pero la crisis y posterior intervención angloamericana en Irak no ha sido el único acontecimiento en el que la política exterior y la política de seguridad españolas han estado íntimamente vinculadas. La reforma de la estructura de la OTAN, acorde con la ampliación realizada y la nueva concepción estratégica de Estados Unidos, así como el permanente intento de impulsar la Política Europea de Seguridad y Defensa en el proyecto de Constitución Europea, ralentizada por las diferencias entre Francia y el Reino Unido, constituyen otros tantos ejemplos de la apuesta gubernamental por asentar definitivamente la dimensión estratégica como parte esencial de nuestra proyección internacional.

No obstante, esta apuesta gubernamental puede quebrar a medio plazo si no se desarrolla un verdadero esfuerzo político, tanto por parte del Gobierno como de los principales partidos de la oposición, de establecer un marco claro y negociado respecto de las condiciones en las que España debe intervenir en operaciones internacionales de pacificación que entrañen el uso de la fuerza. La dialéctica, no exenta de demagogia, que se viene suscitando, desde hace más de una década, entre el Gobierno de turno y la oposición cada vez que nuestro país debe decidir su participación en este tipo de misiones, termina por erosionar la confianza de la sociedad española en el conjunto de nuestra política exterior y lesiona la credibilidad de los compromisos asumidos con nuestros socios y aliados.

En un momento en el que de forma inequívoca se está redefiniendo el régimen internacional de seguridad colectiva, resulta imprescindible que las fuerzas políticas españolas delimiten el papel que España debe desempeñar en ese nuevo sistema estratégico mundial y lo que es aún más importante, expliquen a la sociedad española los motivos, los resultados y las cargas que ese papel comportará. Es muy probable que semejante iniciativa política no llegue nunca a realizarse, pero en ese caso la tentación de que en situaciones internacionales críticas el gobierno español anteponga los intereses estratégicos a los diplomáticos, que se desate un debate electoralista con los partidos de la oposición y que la sociedad española disocie claramente su posición en ese debate y su votación en las elecciones nacionales volverá a ser una realidad inevitablemente propiciada por todos y por todos lamentada.

 

4 - Por ese motivo, resultaba iluso suponer que los informes presentados al Consejo de Seguridad por los jefes de las misiones de verificación, resultarían decisivos para adoptar una resolución que legalizase el uso de la fuerza o, por el contrario, certificase el desarme iraquí. Ello suponía establecer un automatismo entre la información técnica y la decisión política que ignorase otras consideraciones igualmente relevantes desde el punto de vista político para la resolución definitiva de la crisis. Por ejemplo, los efectos de la continuidad de un régimen dictatorial, opresor y genocida, para la estabilidad del pueblo iraquí y las relaciones pacíficas en la propia región. La aclaración de si habrían sido las medidas de presión y despliegue militar, desarrolladas al margen del Consejo de Seguridad por Estados Unidos y el Reino Unido, o la autoridad del propio Consejo las que habrían inducido el desarme iraquí completo y definitivo. Estas y otras cuestiones nunca podrían haberse despejado con los informes de Blix y El Barradei, por lo que es seguro que habrían seguido gravitando sobre el funcionamiento posterior del sistema de seguridad colectiva y la inevitable tensión entre la legalidad y la legitimidad internacionales que subyace en él.

5 - En nuestro país algunos estudios realizados por el Real Instituto El Cano se alineaban claramente con los argumentos de los sectores intervencionistas norteamericanos. Un ejemplo lo constituye: BARDAJI, R. L. (ed.).- Irak: reflexiones sobre una guerra.- Edit. Real Instituto El Cano. Madrid, 2003. 329 págs. BARDAJI, R. L.- “Irak: ¿por qué ahora?.- Real Instituto El Cano de Estudios Internacionales y Estratégicos. Documento de Trabajo 2003/8 (15 Febrero 2003). 24 págs.

6 - Véanse los discursos del Presidente Aznar en sus intervenciones ante el pleno del Congreso de los Diputados de los días 5 y 18 de Marzo de 2003, así como las sesiones de control parlamentario de los días 5, 12 y 26 de Marzo de 2003.

7 - La tesis de la existencia de un consenso estable entre las principales fuerzas políticas en materia de seguridad y defensa, no se corresponde con la realidad. Dicho consenso no existió en el tema de la OTAN, tampoco Izquierda Unida apoyó la intervención española contra Irak en 1991 y en 1999 en la participación en la guerra de Kosovo, a pesar de que el apoyo al Gobierno fue mucho mayor que en el caso iraquí. Por consiguiente, no se puede atribuir al Gobierno la ruptura de un consenso que nunca se articuló de forma explícita por los principales partidos con representación parlamentaria y que, por tanto, la sociedad española nunca ha podido percibir de un modo claro e inequívoco. Sobre la percepción de Estados Unidos por los españoles, véase: ZALDIVAR, C.A.- “Miradas torcidas. Percepciones mutuas entre España y Estados Unidos”.- Real Instituto El Cano de Estudios Internacionales y Estratégicos. Documento de Trabajo 2003/16 (1 Septiembre 2003). 47 págs.

8 - La idea de que España provocó la división en el seno de la Unión Europea con la carta remitida por el Presidente Aznar, presupone que por esas fechas todavía no existían discrepancias entre los socios europeos, algo que resulta contrario a la evidencia pues el Reino Unido había ya iniciado las medidas de despliegue del contingente militar que intervendría en Irak.

9 - Como se apreciaría en los resultados de las elecciones autonómicas y locales celebradas en el mes de Mayo, el electorado no penalizó al Partido Popular por la posición mantenida durante la crisis y posterior intervención en Irak.

10 - Desde 1996, el Secretario de Estado en consultas con el Fiscal General y el Secretario del Tesoro de Estados Unidos, elabora el listado de Organizaciones Terroristas Internacionales (Foreign Terrorists Organizations) de conformidad con lo establecido por la Inmigration and Nationality Act, enmendada por la Antiterrorism and Effective Death Penalti Act. El primer listado con 30 organizaciones se adoptó por la Secretaria de Estado Madeleine K. Albright en Octubre de 1997. En la relación del 5 de Octubre de 2001 entre las 28 organizaciones relacionadas ya figuraba ETA pero no Herri Batasuna.

 

 

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