POLITICA EXTERIOR Y DE SEGURIDAD DE ESPAÑA EN 2003

2.- ¿Política exterior o política de seguridad?

La discrepancia entre las perspectivas gubernamental y social, unido al desarrollo de los acontecimientos internacionales durante el año 2003, ha dejado descarnadamente al descubierto dos graves condicionantes que vienen lastrando nuestra acción exterior desde hace más de dos décadas y que, por ahora, tampoco el gobierno de Aznar ha sabido superar adecuadamente. De una parte, existe una permanente confusión entre las dimensiones diplomática y estratégica de nuestra proyección exterior sin que, al mismo tiempo, se hayan definido claramente los objetivos prioritarios de ambas líneas de actuación política. En segundo lugar, y tal vez como consecuencia de lo anterior, existe una preocupante deriva hacia la concentración del poder en la elaboración ,ejecución y control de nuestra política exterior en manos de los órganos ejecutivos y, más específicamente, en el Presidente del Gobierno. La clara posición secundaria que la dimensión estratégica ocupó en la política exterior del régimen franquista, quebró definitivamente con nuestra incorporación a la Unión Europea Occidental y la OTAN. La bipolaridad y la progresiva distensión entre las dos superpotencias, las aspiraciones de la sociedad para homologarnos con los demás países europeos, la presión de unas fuerzas armadas sobredimensionadas y la descentralización política y administrativa impuesta por el sistema autonómico, concurrieron para explicar las dos limitaciones apuntadas.

En efecto, durante la década de los 80, la creciente inserción de la España democrática en los organismos internacionales, incluidos los aliancistas, imponía la necesidad de recuperar los objetivos de la paz y la seguridad, nacionales e internacionales, como parte de las prioridades de nuestra acción exterior. Además, la atribución constitucional de las competencias en materia de defensa y relaciones exteriores a la Administración Central del Estado, ha constituido la base jurídica y política irrenunciable desde la cual el Gobierno ha defendido la exclusividad de esas competencias frente a los reiterados intentos de ciertas comunidades autónomas de asumir el desempeño de algunas funciones propias de la política exterior.

Más tarde, en los años 90, la incorporación de nuestros militares, policías y cooperantes a las operaciones de pacificación desarrolladas en el Kurdistán; Centroamérica (Nicaragua; El Salvador y Guatemala); África (Namibia y Mozambique); el Golfo; Bosnia-Herzegovina; Kossovo o Afganistán, se correspondió con la tendencia general, propiciada por Estados Unidos tras la desintegración soviética, de emplear la diplomacia preventiva y, llegado el caso, las operaciones de imposición de la paz como instrumentos nucleares de las relaciones políticas internacionales.

El debate teórico suscitado a comienzos de la década pasada sobre el derecho de injerencia por razones humanitarias o en defensa de los derechos humanos, fue zanjado en la práctica por la política exterior de Washington que al mismo tiempo que bloqueaba el pago de sus contribuciones anuales a las Naciones Unidas, empleaba el foro del Consejo de Seguridad para lograr el necesario respaldo legal a intervenciones como la de Somalia o lo ignoraba totalmente al bombardear Serbia en 1999. En definitiva, a comienzos de los 90, los vientos internacionales resultaban propicios para facilitar una concepción de la política exterior española en la que, al amparo de discursos ideológicos pacifistas y humanitarios, los medios militares se incorporaban plenamente a la panoplia de las medidas utilizadas en nuestra acción exterior, algo que también ocurriría con los instrumentos de cooperación al desarrollo.

El cambio del PSOE por el PP al frente del Gobierno no sólo no alivió esta tendencia sino que la llevó hasta las últimas consecuencias. No resulta extraordinario, por tanto, que casi una década más tarde, el presidente Aznar haya adoptado la decisión de apoyar al tradicional aliado norteamericano y al menos tradicional aliado británico en su aventura iraquí. El objetivo de la seguridad de España se ha asociado, de forma irreversible, no sólo con el de la seguridad europea sino también con el de la seguridad mundial.

De ese modo, España tiene derecho a recabar el apoyo europeo y norteamericano cuando la defensa de nuestras reivindicaciones territoriales se ve amenazada por Marruecos, como en el caso del islote de Perejil, o cuando el terrorismo de ETA asesina en nuestra calles. A cambio, nuestro país debe conceder un apoyo incondicional e ilimitado a las iniciativas internacionales de aseguramiento y pacificación, con independencia de que provengan de la sede de las Naciones Unidas o de Washington. Esta es la nueva línea de acción que se ha incorporado paulatinamente como parte esencial de nuestra política exterior y a la que se supeditan los medios diplomáticos, culturales y de cooperación al desarrollo. Sin a penas percibirlo, durante la última década hemos pasado de la prevalencia de los criterios de la política exterior de un nuevo régimen democrático a los de la política de seguridad de una potencia internacional media sin que ningún gobierno haya asumido la responsabilidad de explicar a la sociedad española la necesidad de ese cambio y la oportunidad de realizarlo.

Naturalmente, la importancia alcanzada por las cuestiones de seguridad impone un grado de concentración institucional en el proceso de toma de decisiones que resultaría inaceptable en otros ámbitos de nuestra acción exterior. Es en ese escenario donde debemos situar las dificultades políticas, y no tanto presupuestarias, para ampliar y consolidar un cuerpo de funcionarios del servicio exterior acorde con el protagonismo que se afirma que debe desempeñar nuestro país en el concierto de las potencias mundiales.

Como señalara el Ministro Josep Piqué hace dos años, nuestro país contaba en el año 2000 con un cuerpo de funcionarios del servicio exterior inferior al de 1975. (3) Semejante desajuste entre objetivos y compromisos internacionales, de una parte, y disponibilidad de medios humanos, de otra, pone de manifiesto la inconsistencia en la voluntad política gubernamental de potenciar nuestra presencia internacional salvo, claro está, que ese déficit de funcionarios se esté paliando merced a la intervención de los funcionarios de otros ministerios, como Defensa, Interior o la propia Presidencia de Gobierno.

En resumen, las aspiraciones gubernamentales a lograr un mayor protagonismo político europeo e internacional, un cuerpo diplomático atrofiado, un creciente peso de los objetivos estratégicos en la agenda exterior y una concentración de poder institucional en la Presidencia del Gobierno, constituyen el marco estructural en el que debemos analizar los acontecimientos de la política exterior y de seguridad de España durante el pasado año.

3 - PIQUÉ, J.- “España en el mundo: la modernización del servicio exterior”.- Conferencia del Sr. Ministro de Asuntos Exteriores en la Escuela Diplomática (13 junio 2001).

 

 

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